Apropiarse de la ciudad

 

Durante el verano pasado, los iquiqueños pudimos ver cómo la hermosa y pequeña piscina natural tras el hotel Gavina estuvo repleta de gente de sol a sol. Hace sólo unos años no se podía ingresar a esa zona que por derecho es de todos los habitantes de la ciudad. Sin embargo, hace no mucho el municipio logró que a ese lugar pudiese ingresar cualquier persona. Pero aún es bastante vergonzoso ver que para acceder allí, el veraneante debe ir al límite norte de playa Cavancha, pasar un roquerío, rodear una reja oxidada y buscar un sitio para instalarse. Sigue siendo como “meterse a la mala”. Y esa no es la idea si estamos hablando de playas, que como todos sabemos tienen acceso liberado en todo Chile. No hay que dejar de recordar que al finalizar la dictadura, un grupo de empresarios privados lograron hacerse con gran parte del terreno costero de Iquique, acogidos a la Ley Lynch. Muchos de ellos son ahora dueños de los edificios que todos conocemos cuando paseamos por esa zona, que incluye, cómo no, a la aún hoy  exclusiva península.

No es un secreto para nadie que, en el país en general e Iquique en particular, los espacios públicos están en retroceso en favor de lugares privatizados, o de espacios de acceso público pero que tienen dueño. Hará cosa de dos años, el poeta santiaguino César Cabello, tituló su último libro Chile S.A. Lucidez no le falta a Cabello.

Lo cierto es que además del ejemplo de la piscina, hay otros: todos los días vemos cómo sitios baldíos aparecen de pronto con el cartel “Aquí se construye”, o a un colectivo darse la vuelta por una calle de la zona sur debido a que esa tramo del camino es parte del condominio (los “condemonios” señaló alguna vez la brillante socióloga María Emilia Tilloux) aledaño.

El teórico francés Henry Lefevbre, señaló en su libro La producción del espacio, que el capitalismo no se apoya ya sobre las empresas y el mercado, sino también sobre el espacio. Qué duda cabe. Un día estaremos caminando por el centro, y deberemos retroceder porque determinada parte se vendió al mejor postor.

Hay que recordar que la zona subterránea de la plaza Condell, es hoy un sitio completamente privatizado, donde no se puede caminar o pasear si no es para tomar un café, comerse un sándwich o comprar un helado. En contra puede argumentarse una serie de resquicios (“no es exactamente la plaza, es abajo”, “la embellece y le da  valor”), pero lo único cierto es que la plaza ya no tiene ni su tradicional pérgola: ahora es cualquier cosa menos la que conocieron nuestros padres y abuelos. Lo mismo podemos señalar de los estacionamientos debajo de plaza Prat.

La ciudadanía debiera tomar conciencia de asuntos como los señalados, y subir la voz para cambiar el rumbo de las cosas. Hablamos de apropiarse de la ciudad, hacerla nuestra (como también señaló Lefevbre alguna vez), puesto que es en ella donde convivimos con el otro, donde creamos comunidad, donde dejamos nuestros sueños. Acaso es la ciudad una de las pocas cosas que aún nos pertenecen, o debiera pertenecernos. Es en las calles de la urbe, en sus esquinas, en sus plazas, playas, donde sus habitantes imaginan una vida mejor. Por ello, entre más privatizados estén los espacios de la ciudad, menos espacios hay para nuestros anhelos como ciudadanos, y éste no es sólo un juego de palabras, es algo real.

El lucidísimo geógrafo David Harvey, señalo en una entrevista el año pasado: “No necesitamos ciudades que generen dinero, sino ciudades que sean buenas para vivir. Y ese objetivo no es necesariamente compatible con la acumulación de capital”. Más claro dónde.

 

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