Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar

Por Pedro Lemebel

Y como te lo digo, y con qué humedad de letras te lo narro, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Como hacértelo ver, niñita imilla en esta letras, si nunca fuíste testigo de esa música y sus olas crespas chasconeando el concierto de la bella mar.

Como te lo cuento, niño boliviano, como alargo la palabra m-a-r y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita morocha con su aliento materno-mar-tierno-marimaternal.

Esta es una carta dirigida a tus ojos oblicuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que, no es como te lo cuenta la profesora en el colegio comparando la parte más extensa del Titicaca, esa zona donde el cielo se recuesta sobre las aguas verde musgo, donde no hay cerros y el horizonte desaparece en esa lama esmeralda que, de alguna manera, también semeja un ojo de mar.

Tampoco es similar a esa caricatura Whalt Disney que te muestran en la escuela boliviana, con peces de colores saltando por todos lados, con bañistas y quitasoles eternamente de vacaciones de verano, con arenas doradas y olas turquesa en un exceso de pedagógica idealización.

Como te lo explico, chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuando por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años. En mi población se organizaban paseos a la playa por el día en enero o febrero, íbamos en micros que contrataba la Junta de Vecinos o el club deportivo y cada familia se preparaba días antes para el acontecimiento.

Recuerdo que la noche anterior los niños no dormíamos, excitados por la expectativas del paseo. Mi madre en la cocina preparaba un pollo, hervía huevos duros, y zurcía los trajes de baño pasados de moda, desteñidos, con los elásticos sueltos por el uso familiar. Salíamos de madrugada en la micro vieja que siempre quedaba en pana en mitad del viaje.

Y allí en la carretera, eran horas que debíamos esperar al chofer que solucionara el desperfecto. Casi al medio día, recién cruzábamos la cordillera de la costa, y entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia. Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión, que no podía compararse con mil lagos, ni con mil ríos, ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal.

Hasta ese momento, nunca antes tuve la sagrada conmoción de esa inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies. Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas, un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa más allá, infinitamente lejos hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar.

El resto del día playero, transcurría como una película vertiginosa; todo era correr, jugar, hacer castillos que desmoronaba la marea, mojarse el poto en el agua como témpano, comer pollo masticando arena, quemarse como jaibas para demostrar que fuimos a la costa.

Todo era así, rápido como película de Chaplin, y luego, cansados de tanto gueviar, regresábamos en la misma micro, escuchando los quejidos de insolación que emitían los curados dormidos a pleno sol. En realidad ese paseo de pobres era una tortura, un día agitado de maratónica playa.

Aún así, pequeño niño boliviano, te puedo contar como conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica.

Tanta costa para que unos pocos  y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso, al escuchar el verso neo patriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la soberbia presidencial descalificando el sueño playero de un niño.

Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.

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