Chile … pagar por todo

La monetarización como dispositivo de costo y como cultura ideológica.

 

En Chile hay que pagar y pagar por todo, para ir al baño, para pasar por las autopistas que encarecen los estratégicos, por estacionamiento, por el pasaporte, uno de los más caros del mundo.

Hay que pagar por el pase escolar, el pasaje en el transporte público que es muy caro, hay que pagar los certificados, dar propina y seguir pagando, recibir el sueldo y pagar, pagar, pagar, la universidad de los hijos y sus colegios si corresponde, el centro de padres, el centro de madres y todo lo que se le ocurra a la profesora jefe.

La cuota del auto, el hipotecario, el crédito de consumo, la tarjeta del retail, y sigue, en una espiral envolvente el dinero somatiza todas nuestras afecciones para parir un verbo de acción colectiva que es salir a buscar las lucas.

En marzo hay que pagar los permisos de circulación por calles en mal estado, y nadie reclama, hay que pagar las cuentas todos los meses, pagando tres veces lo que se paga en Argentina por el gas, y sumando las otras cuentas.

Y así los salarios son para darse vuelta, y seguir encalillado, el 70% de la población que trabaja gana menos de cuatrocientos mil pesos, y gasta más de lo que gana, porque todo es caro en Chile, y todo se paga, esto es implacable. Todo se ha mercantilizado, solo falta que nos comencemos a vender el amor y el cariño, los besos, los abrazos, y eso sería la sociedad del dinero perfecta, el mundo feliz  del neoliberalismo.

Tenemos comisiones de pago de Afp e Isapre, y otras, con sello de usura, donde se manifiestan más allá de los pulsvalores del capitalismo, como dobles o triples coacciones sobre el salario de los trabajadores.

Este país pequeño e insular,  que tiene pretensiones de OCDE, que juega a hacerse el líder en América Latina, y su sociedad no es de derechos sino una sociedad de explotación, sin pacto, sin bienestar, sin asco. Los dueños de Chile se las arreglan para que todo quede sin cambios, y sigan en un país que es un paraíso para ellos y esclavitud trabajólica para el resto.

Se mercantiliza el sudor del trabajo, se flexibiliza su solidez, y ahora es predominio del dinero. La participación política se transforma en inclusión visual, el amor es un gesto de mercado, y todo cuesta caro, en un país vulnerable, lleno de vulnerables, todo es plata, ese es el verbo de la acción política.

Hubo un tiempo que fue hermoso, y en Chile podías ser alguien aunque no tuvieras plata, hoy nada de eso es posible, solo el dinero nos hará libres.

Como una vértebra venenosa la dictadura de los Chicago Boys (la relación fascismo y neoliberalismo) entendió que fetichizar el sentido colectivo de la sociedad, era la forma de acabar con todo gustillo a izquierda estatista, y liberalizar hasta la educación, la salud, la vivienda, y todos nuestros derechos.

 

Monetarizar nuestro ethos nacional, estableció una nueva relación entre los chilenos y el dinero, una relación estrecha que se ha vuelto carnal, pues en todo lo que nos rodea, uno puede ver signos de precios manifiestos o latentes, pero todo tiene costo, y todo hombre tiene su precio, como la demostración más gatopardista que nos caracteriza. Es la creación de otra subjetividad representacional de un sentido muy fetichista, de maquina deseante cómo describiría Guattari, una segmentación del sentido cultural de los grandes relatos, a un diseminación o fragmentación que divide el sentido político de lo colectivo.

Los que entran al juego son monetaristas, deben profesar esa fe antes de integrar la rueda de cualquier arcoíris recauchado. Ya nada es por amor, por principios, por ética, esos solidos sentimientos y valores se disolvieron licuándose hasta ceder a otras mezclas más facilistas, el credo ganancista a toda hora, a toda piel, a todo lo ancho del quehacer patrio.

Así las colusiones, las coimas y los sobresueldos, los carteles de la mafia del futbol pasan como fenómenos normales, ya sin sobresalto, se trata de un conductismo social donde los chilenos ven el escándalo por control remoto  ya con una resignación cercana al masoquismo.

Esta trama cultural globalizada es el vacío valórico de un capitalismo voraz que a través de su reofensiva planetaria, expresada en el neoliberalismo, pervierte los corazones humanos hasta rentabilizar el planeta y sus recursos. Todo es mercancía transable en el mundo de la vida, esa es la máxima, sin Dios, ni ley, sin reparos, y ya sin pudor. Todo pasando.

La monetarización es la creación de un contexto cultural de signos que crean un lenguaje y su cultura, un lenguaje de sentidos y ahí se construye una subjetividad pulsionada, motivada por una ideología dominante, el fetiche como deseo arma una red de significados aspiracionales. Determina los contornos de intercambio relacional de una sociedad, su geografía espacial, la producción de mercancías como el dispositivo productor de una semiótica, un sistema  de vidas y su ethos.

No es solo el acto de pagar, sino la cultura productiva de los que pagan, el cierre que ejerce la jaula de hierro subjetiva de un capital que instala una microfísica monetaria que articula el poder del neoliberalismo, su capacidad de someter a una sociedad en sus valoraciones y en todo su lenguaje, en toda su cultura.

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