Ricardo Lagos, el encantador de serpientes

Hay señales a tener en cuenta. A los pocos días del lanzamiento del proceso constituyente -una madeja jurídica con no pocos nudos y trampas-, ha sido la misma casta política que ha navegado con pericia y comodidad con la Constitución de Pinochet la que se apropia del anuncio. Figuras ancladas desde el inicio de la transición, como Ricardo Lagos, José Miguel Insulza o Eduardo Frei, se ubican en la frontera democrática y, ante la nostalgia pinochetista de la derecha y su defensa constitucional, reproducen, como en tantas oportunidades anteriores, la clásica y rentable antinomia del Sí y el No. De seguir este curso y en estas manos el debate, es posible que el proceso constituyente mude en una discusión artificial y acotada, tal como los debates legislativos desde los albores de la política de los consensos: la nueva Constitución como un nuevo acuerdo de las elites, como un producto de negociaciones legislativas.
Los eventos en torno al proceso apuntan en esa dirección, en un terreno ya delineado. A pocos días de presentada la propuesta constituyente, el ex presidente Ricardo Lagos, figura clave de los consensos de la postdictadura, se instaló como piedra angular de la futura discusión. Quien hiciera suya en 2005 parte de la Constitución de Pinochet, hoy profundiza este mismo camino: “He sido actor o espectador interesado de todo lo que ha pasado en el debate desde la década de los 80”, recordó en una entrevista a la vez que saca a relucir el trabajo realizado por #tuconstitucion, el sitio de Internet montado por su Fundación Democracia y Desarrollo.
El espíritu de la transición se observa en las declaraciones de Lagos, que se presenta y se eleva a la categoría de fundador republicano y estadista más allá del bien y el mal del partidismo. Una ilusión montada desde inicios de los años noventa del siglo pasado que otra vez planea sobre el escenario político. En los hechos, aquel Estado, la república de Lagos, es la institucionalidad política y económica heredada de la dictadura. Cuántas veces recordamos al ex presidente defender “lo logrado” por el modelo neoliberal, a Lagos como el articulador de las grandes concesiones, de los créditos en la educación superior, del lucro en todos los servicios públicos.
Ricardo Lagos es una figura del consenso neoliberal globalizado. Tras dejar el gobierno durante la década pasada ha formado parte, junto a Felipe González y Henrique Cardoso, y algunos otros, de un grupo financiado por distintos bancos que viaja por el mundo proclamando las bondades de la socialdemocracia neoliberal. Una barrera de contención levantada en Latinoamérica que tiene como objetivo frenar la extensión de los progresismos y de los movimientos sociales y populares. Su encono contra el gobierno bolivariano de Venezuela, que arrastra hoy también a amplios sectores de la Nueva Mayoría, lo ha ubicado de forma natural al costado de la extrema derecha latinoamericana.
Este es el lugar que ocupa el ex presidente chileno en el tablero político regional y mundial. Una posición muy clara de cara al mundo, que en el escenario nacional sufre todo tipo de matices, recovecos y confusiones. Lagos, el defensor de los consensos de la transición, de la comodidad y goce de la institucionalidad de Pinochet, se levanta hoy como el conductor del proceso constituyente desde su condición de reformador a la actual Constitución. Como si la coautoría junto al binomio Pinochet-Guzmán lo certifique como el único y verdadero Poder Constituyente.
Lagos se empodera tras la crisis institucional y política. Pero él también es paradigma de esta crisis y de su deterioro terminal. Las señales que envía apuntan a la recreación de un nuevo debate falsario junto a la derecha cristalizada para avanzar, posteriormente, hacia el consenso de una nueva Carta Magna, la que debiera evitar, desde sus propias palabras, cambios radicales, “una revolución”. Lagos surge como la quinta columna, el encantador de serpientes, el prestidigitador político. Si no hay una respuesta y la sociedad civil no toma el proceso constituyente en sus manos, el riesgo de un proceso conducido por las elites gatopardistas es muy alto.

Por Paul Walder

 

 

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