Por un Iquique inteligente y Cultural

Por Iván Vera-Pinto S.

Cuando las luces de la ciudad de Iquique comienzan a encenderse mansamente y el día se recuesta adormilado; cuando la noche se instala a sus anchas, precisamente en aquel momento nuestro puerto nos invita a recorrerlo. Tal vez una de las bellezas de la ciudad es su ubicación a la orilla del mar; ese escenario natural que armoniza con las tradicionales construcciones del casco antiguo y con su gente que vagabundea en el crepúsculo, constituye una de las características más resaltante de esta urbe.

Por supuesto, que la atmósfera del Iquique de hoy no es igual que la de ayer, ya que nuestra pertenencia al lugar se ha ido perdiendo con el avance impetuoso del imperio mercantilista, consumista y hedonista. A consecuencia de ello, los barrios tradicionales en gran parte han sido demolidos, sin contemplación, para dar paso a los nuevos proyectos inmobiliarios, lo cual ha generado una gran movilidad de la población hacia otros sectores vecinales. Basta con revisar algunas fotos antiguas para darnos cuenta de tantos edificios hermosos que hemos perdido neciamente (La Recova, El club Inglés, La Plaza Brasil y tantos otros), sin que exista hasta este momento una defensa organizada de la ciudadanía para frenar el atentado a la cultura iquiqueña. La Plaza de Armas está convertida en un “chiquero” de ferias y eventos populacheros, donde se permite la venta de alcohol y comidas, con todo el deterioro que ello significa para el patrimonio arquitectónico. A diestra y siniestra, se hacen fiestas en los negocios aledaños y la música que emiten, sin ninguna restricción municipal, perturba el sueño de los vecinos que viven con un alto un nivel de estrés y somnolencia.

Bien sabemos que la riqueza de una ciudad está precisamente en los contrastes que tienen sus distintos barrios que la forman; en su intensa vida cultural, la cual se ve reflejada en las disímiles actividades que encantan a los turistas y que les permite descubrir las raíces y costumbres tradicionales de cada población. Tal es el caso, del revivido carnaval del barrio el Morro, cuya fiesta relajada y popular en estos días han puesto en marcha los dirigentes vecinales y el Club Deportivo. Aplaudo abiertamente dicho empuje de los pobladores. Asimismo, otorgo una nota meritoria a Nuestras Raíces y el Tambo Andino, auspiciado por el CORE de Tarapacá que reeditan versiones anteriores de la integración andina latinoamericana.

Esta última propuesta es, sin lugar a dudas, una posibilidad de proyectar nuestra mezcla de nacionalidades que conforman la identidad tarapaqueña, donde la sangre de los pueblos originarios juega un papel preponderante en la conformación de muchos rasgos culturales propios. Al respecto, me atrevo afirmar que estamos en el momento de consolidar la base de nuestro espíritu andino a partir de la realidad sincrética, en la que interesa resaltar a los creadores, independiente de su origen cultural. Así también hemos sido testigo en estas actividades que las manifestaciones ancestrales provocan habitualmente en el subconsciente de las personas un efecto participativo, identificatorio, emocional y simbólico. En el mismo tenor, de integración artística, quiero respaldar la continua labor de Abraham Sanhueza que con su Fintdaz, ha logrado no sólo proyectar el quehacer teatral, acaso, del mismo modo, la integración cultural de los países iberoamericanos.

Volvamos al tema de la bohemia. Es cierto, nuestra ciudad históricamente ha tenido un perfil errante. Esta variable es connatural a su condición de puerto. En esa línea, antiguamente la noche porteña giraba en torno a los mitológicos prostíbulos, bares, fuentes de soda, salones de baile, boîtes y restaurantes, hoy casi todos estos locales están extinguidos debido a los apremios económicos y sociales de sus fundadores. Por supuesto, hace bastante rato desaparecieron el Palacio de Cristal que nos describía Luis González Zenteno, en su novela Los Pampinos (1956); y los prostíbulos El Trece y El Cuartito Azul; tampoco existe la discoteca El Ragú, donde los jóvenes de los setenta acostumbramos a asistir; mucho menos los bares del “Triángulo de las Bermudas”, esquina ubicada cerca del muelle de pasajeros. Hoy, han sido sepultados por grandes edificios, condominios y mucho hormigón armado que ya no nos deja ver el mar.

La bohemia actual es absolutamente diferente a la de otrora. En estos días tiene modernos locales de diversión nocturna, instalados bajo un concepto foráneo: los pubs. Con ello, se ha reemplazado la conversación por la música bulliciosa, el vino por tragos extranjeros. En fin, son recintos para la juventud y para quienes están de paso por Iquique. Por otro lado, los más pobres y los “reventados”, se divierten en las calles y en las playas, embriagándose gracias a algunas monedas recolectadas. La prostitución que en antaño estaba restringida a ciertos sectores y horarios, en la actualidad es totalmente abierta; pulula en las plazas, en cualquier esquina céntrica, en los avisajes de la prensa escrita, en internet y en los negocios eróticos, donde se ofrece abiertamente los servicios de damas de compañía que sirven de anfitrionas para conocer la ciudad y el placer sexual.

A pesar de aquello, algunas reminiscencias nos quedan de los viejos tiempos, por ejemplo, el bar Democrático con sus tertulias y tocatas musicales; El Wagón con sus platos típicos y música latinoamericana; el bar El Dándolo resistiendo en el cosmopolita “barrio boliviano”; el bar Genovés; la boîte de Julio Prieto (renovada por su sobrino y con nuevo perfil moderno); el club de Tangos Alfredo de Angelis , la schopería “El Chache”, algunas casas de comida en la península de Cavancha y otros boliches en la intricada “zona del pecado” de la calle Thompson.

Soy conocedor de muchas ciudades en otras latitudes donde existe una mixtura armónica entre la bohemia y el soporte artístico-cultural. En nuestro caso, creo que no marcha de esa manera, pues existen zonas donde los bares, restaurantes y cocinerías se han apropiado de las avenidas, sin tener una oferta cultural equivalente. Cito, por ejemplo, al Paseo Baquedano, en el que proliferan los negocios gastronómicos y de expendio de alcohol, pero no observamos una parrilla programática de otras actividades que sean expresión de nuestra identidad cultural.

Es penoso constatar que hasta el día hoy, la Municipalidad y el Consejo Regional de la Cultura y las Artes no tienen ninguna propuesta en este sentido, salvo los eventos ocasionales y la Casa de la Cultura que constriñen su accionar a una programación ocasional.

Es indudable que se requiere un diálogo entre las autoridades y los vecinos para construir una visión de ciudad cultural, pero, además, necesitamos ciudadanos empoderados en el tema. La ciudadanía debe tener poder de decisión en todas las intervenciones que se hacen en lugar donde vive y trabaja. No basta con consultar, hacer cabildos o mesas de consultas, por el contrario, los vecinos deben proponer y ser protagonistas del quehacer cultural de la ciudad.

La calle Baquedano, por el valor histórico y patrimonial que posee, podría ser uno de los focos de irradiación cultura local. Allí podría funcionar, paralelo a los espacios institucionales que existen, un gran escenario para todas las manifestaciones artísticas y la producción de artesanía con identidad tarapaqueña, sin la presencia de mercachifles, comerciantes depredadores de la cultura y negocios que son un riesgo para la conservación del patrimonio histórico.

Este es un tema recurrente y planteado con mucha anterioridad a las autoridades, sin embargo, se suceden los gobiernos locales y no se consideran las iniciativas de los gestores culturales; en constaste, se hace uso de estos espacios públicos para montar la parafernalia de la anti cultura, tal como lo es el Rally Dakar, donde los “gladiadores de los motores”, auspiciados por el imperio automotriz y patrocinado por el gobierno de Chile, son homenajeados, tal cual como algunos curacas oportunistas del imperio Incaico lo hicieron con el dominio colonialista español.

Si queremos Ciudades Inteligentes, como es el proyecto cultural de este gobierno, por favor, elijamos a personas inteligentes que nos conduzcan. En caso contrario, seguiremos aceptando que Iquique se siga destruyendo material y espiritualmente. Recordemos que el nivel de desarrollo de una ciudad no se mide por la cantidad de edificios, negocios o infraestructura que tiene, sino por el desarrollo de su inteligencia.

Lo analizado anteriormente, significa un cambio radical de paradigma; en el fondo, es poner a la cultura como el faro que ilumine nuestras vidas y el quehacer cotidiano. En la praxis, no significa hacer más y más eventos o actividades relacionadas con el arte y la cultura. Es mucho más que eso. Es contar con un Plan Estratégico Cultural, construido desde las bases; en otras palabras, desde los mismos vecinos que son los que mejor conocen la realidad social e interpretan con mayor propiedad sus sueños y aspiraciones.

La bohemia es parte de la cultura y no pretendo que ella se suspenda o se restringa. De ningún modo. No obstante, debemos ser capaces de articular un tejido cultural consistente, crear asociaciones de vecindad cuyo objetivo común es la promoción – de manera permanente y metódica- de las actividades culturales realizadas por y para los habitantes del barrio, sobre temas directamente vinculados con sus vidas, con el objeto de aproximar unos a otros y de reforzar su sentimiento de pertenencia a un lugar de vida. Asimismo, se debe utilizar la cultura como un medio para entablar el diálogo, la tolerancia y el desarrollo sostenible de la urbe.

Este proyecto innovador propone una participación de la comunidad y el fortalecimiento de sus capacidades mediante una estimulación recíproca y un enriquecimiento mutuo; creando interacción entre los habitantes de un barrio y entre los barrios y de las ciudades con una red nacional e internacional.

Ciertamente la Municipalidad constituye el eje central de articulación de esta propuesta; es ella la que establece los medios facilitadores para que se nazcan los vínculos entre los vecinos, especialmente en aquellos con menores recursos, y los distintos actores sociales. En este contexto, se procura acercar propuestas culturales para garantizar el acceso de todos a la cultura, promoviendo la acción conjunta con instituciones sociales, la participación ciudadana y las actividades solidarias.

Al respecto los beneficiados podrían ser múltiples, tales como: los establecimientos educacionales (de todos los niveles), juntas de vecinos, gremios, sindicatos, hospitales, ,unidades penitenciarias, centros de adultos mayor, clubes culturales, centros de madres y todas aquellas personas e instituciones que por cuestiones económicas o de distancia, no participan regularmente de las actividades culturales.
Primeramente, el municipio deberá proponer políticas culturales democráticas, es decir directrices consensuadas con todos los ciudadanos organizados.

Luego, se obligará a implementar infraestructura básica, por ejemplo, centros culturales en los sectores periféricos. Estos son los lugares ideales para el encuentro, la expresión, la creación en un ambiente amable y participativo en el que se puede recuperar la esencia solidaria que caracterizó a nuestra ciudad y para ejercer nuestro derecho a la cultura. Al mismo tiempo, en ellos se podrían desarrollar talleres de artes escénicas, artes visuales, artes musicales, culturas urbanas, literatura, artesanía y muchas acciones más. Naturalmente, estas entidades estarían abiertas a todos los vecinos sin distinción de edad, sexo o condición social para que desarrollen un quehacer creativo con la posibilidad de ser protagonistas de la vida cultural del barrio y de la ciudad, en un medio de recreación, de diversión y de realización personal y colectiva.

No basta hacer de Iquique una ciudad grande, sino una gran ciudad; un espacio donde gobierne la cultura con mayúscula y la cultura con minúscula, la cultura de élite y la cultura popular, la cultura profesional y la cultura de base, la cultura en el centro y la cultura de los barrios. En fin, necesitamos, ahora más que nunca, avivar la diversidad cultural y el carácter multiétnico de nuestro apreciado puerto.

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Iván Vera-Pinto S.

El autor : Ivan Vera-Pinto Soto /Antropólogo Social, Magíster en Educación y Dramaturgo

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