Ciudad e inmigración.¿Cuáles son las vidas que importan?

 

La ciudad es un rayo, una radiación, una centella. El cuerpo una armadura para resistir, el color de la piel, una marca que timbra de manera imparable. Escuchamos los sonidos, la pregunta insistente: ¿De dónde eres?.

Se hace urgente revisar los instrumentos que existen actualmente en Chile sobre el tema migratorio con el fin de proteger los derechos de las y los inmigrantes, pero también de los que entran de manera ilegal.

 La ciudad es un lugar para perderse pero también un lugar de reconocimiento y de análisis de la propia persona. La ciudad es una estructura política donde el poder determina con violencia la convivencia de los cuerpos. En la ciudad de Santiago de Chile me pierdo, me duermo en sus escaleras, me despierto resfriado. Es la ciudad el lugar donde uno debería de ajustarse al régimen heteronormativo; casándose, haciendo una familia, construyendo ciudadanía. Es la escena donde se actúa el binarismo. Es la ciudad un texto donde los feminismos nos invitan a reescribimos en los espacios, inventar otros tiempos: negando el estado nación, la arquitectura, el pene, la vagina. La ciudad nos espera cuando nos caemos ebrios, deseosos de una transformación, un cambio, un lugar donde no deberíamos perder –a pesar de todo- la esperanza.

La ciudad es un rayo, una radiación, una centella. El cuerpo una armadura para resistir, el color de la piel, una marca que timbra de manera imparable.Escuchamos los sonidos, la pregunta insistente: ¿De dónde eres?

Perdí el sentido de la pertenencia con los feminismos: me volví un viaje y no paro de volar. Aprendí a perder, políticamente. Aprendí filosofía como un inmigrante cualquiera, con el dolor y el color de la travesía. Estamos viviendo la crisis del capitalismo no el de la migración. La crisis de los aparatos de producción de sentido que no funcionan. Me sorprende esta amnesia colectiva: olvidamos el colonialismo, el genocidio, la historia de las mujeres. Para encontrarnos en un lugar donde la diferencia parece un mal. No queremos reconocimiento, una legitimación: queremos que nos vayamos y sobre esa cordillera  jamás volvamos a olvidar. Perdamos el rostro, la identidad normativa. Reunámonos a planificar la próxima revuelta, la próxima toma travesti.

Después de tres años en Chile, comprendí que la nacionalidad son los amigos, no un documento. La nacionalidad es un texto de inconformidad y una posibilidad que sirve únicamente como una estrategia, un posicionamiento.

Neguemos juntos los estados nacionales e inventemos nuevas modalidades de relación con el poder, el pasado y el futuro. Potenciando las diferencias, el mestizaje, negando las fronteras, las demarcaciones territoriales, físicas, ideológicas y de género. Hoy no podemos instalar una disputa sobre la cultura –un tema país-  sin antes iniciar un proceso de experimentación subjetiva que implique una reflexión a las identidades normativas (nacionalidad, diferencia corporal o cognitiva, raza, clase, sexualidad, género…).

Entremos y cambiemos esta composición. Hagamos un duelo, un ritual funerario sin patrias, sin banderas, reinterpretemos la ciudad porque allá es masculina y heterosexual, y aquí también.

Cuando leo las noticias de la cantidad de inmigrantes que arriesgando sus vidas intentan entrar ilegalmente a Chile, como en las informaciones que recientemente ponen en evidencia las mafias internacionales que organizan viajes de entrada por campos minados en la frontera. Pienso en ¿Cuáles son las vidas que importan? Y que vayamos y dinamitemos la ignorancia y la desinformación con poesía. Para que en esa frontera no sigan violando a las mujeres, ni ahí, ni en ninguna otra parte.

La ciudad, es entonces, el lugar donde tendríamos que ir a desobedecer, a decir que no, a escribirlo, también. Ponernos nuevos nombres y nombrar las cosas negando las ficciones pactadas que no permiten los caminos hacia la emancipación.

Fuente: ElDesconcierto/Johan Mijail, escritor y performer de República Dominicana, Vive y trabaja en Chile.

 

 

 

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