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José Soza en “La Maldición de la Palabra”, la película que debió estrenarse durante la segunda quincena de septiembre de 1973.

Descubrí el trabajo del Departamento de Cine y TV de la CUT a propósito de un reportaje sobre el Balneario Popular de Rocas de Santo Domingo (The Clinic N° 586). El documental se llamaba “Un Verano Feliz” y había sido realizado en 1972 para difundir los centros vacacionales que el gobierno de la UP implementó para la clase obrera. La película sobrevivió gracias a la viveza y temeridad de su director, Alejandro Segovia, quien desobedeció la normativa del Departamento de Cine de la multisindical: en lugar de entregar las dos copias de rigor, se quedó con una, la misma que tras el golpe de Estado escondió dentro de un saco, en un sitio eriazo contiguo a su casa, en Playa Ancha. Así la rescató de la desaparición que aquejó a casi todo el material producido por sus compañeros.

Segovia, un autodidacta que colaboró con Aldo Francia, ya había trabajado como asistente en el documental “Reportaje a Lota”, rodado en 1969, ópera prima de la novel Escuela de Cine de la Universidad de Chile, sede Valparaíso. Este filme fue una suerte de práctica realizada por los estudiantes de cine –entre ellos Jorge Müller, el futuro camarógrafo de “La Batalla de Chile”– donde la producción corrió por cuenta de la CUT. Cerebro de este convenio fue Eugenio López, militante del PC que trabajaba en la universidad y tenía estrecho vínculo con Jorge Godoy, encargado de Educación y Cultura de la Central. López, además de dirigente sindical, había sido empleado de cadenas de cine; y en la CUT, con la elección de Allende a la vista, discutían sobre crear una “sección” de cine. En ese período coproducirían también “Miguel Ángel Aguilera ¡Presente!” junto al Cine Experimental de la Universidad de Chile.

Para darle empuje al proyecto, Eugenio López recurrió a un amigo de infancia, Carlos Fénero, también comunista; un empleado civil del Instituto Geográfico Militar que había perdido un ojo –y casi la vida– en un accidente vehicular, durante un trabajo de mapeo en las cercanías de Valdivia. Fénero estaba cesante y con un padre enfermo. Como trabajaba en Valparaíso, López lo dejó a cargo, primero, de un convenio entre la Central y la cadena de cines Marconi para fomentar el acceso de obreros sindicalizados al séptimo arte. “Estábamos en la sede de calle Cienfuegos y en un auto soviético de la CUT llegaron Luis Figueroa, que era el presidente, y Godoy. Para ese convenio necesitaban un coordinador, y este fui yo”, recuerda hoy Fénero.

La oficina de la sección quedaría en un edificio ubicado en la esquina de calles Valentín Letelier y Teatinos, a una cuadra de La Moneda. “Las cosas se dieron muy rápido. Godoy consiguió película virgen, un kleinbus hecho en la RDA, cámaras fotográficas Praktika y una cámara de cine japonesa. Grabadora de sonido no llegó así que tuvimos que comprarla; una Nagra, que era una joya. Luego compramos una Bolex Paillard”, evoca Eugenio López, sentado en su oficina, en una pequeña imprenta en el barrio de Achupallas, en Viña del Mar.

Al regreso de la experiencia lotina, la “Sección” pasó a llamarse “Departamento” de frentón. Mario Contreras, un técnico en sonido recién salido de la universidad, se integraría en ese período. “Fundamentalmente nuestro objetivo era difundir cine documental de y para trabajadores en sindicatos, donde muchas veces proyectábamos lo producido por el mismo Departamento”, cuenta. Se trataba de boletines fílmicos llamados “Informativo CUT”, difundidos a través del Circuito Móvil: “Teníamos tres proyectores de 16 mm. y un pequeño sistema de amplificación. Muchas veces usamos alguna estructura proporcionada por el lugar que visitábamos, donde la mayoría eran obreros o familiares de estos. Después de las exhibiciones se hacían foros, debates o simplemente conversaciones sobre la temática del filme, que era también del ámbito obrero”, explica Contreras.

En 1971, el grupo rueda otro documental. Es “El Desafío”, en colaboración con ENAP, sobre la instalación de un ducto en la bahía de Quintero para la extracción de petróleo desde barcos de gran calado. Carlos Fénero me muestra una foto conmemorativa de esa producción. Se aprecia al equipo de rodaje, un colaborador de la petrolera y algunos miembros de la Armada. Todos sonríen a la cámara.

TV Sindical

En 1970, el Departamento puso en la pantalla chica el primer espacio de temática sindical en la historia de la TV chilena. “Se nos ocurrió hacer un programa en Televisión Nacional. Se firmó un convenio con Augusto Olivares, El Perro, por el canal y Luis Figueroa, por la CUT. En el sindicato de trabajadores de TVN estaba Gonzalo Bertrán, que era DC. El programa duró como tres meses. Se llamaba “Informativo CUT” y su director fue el compañero detenido desaparecido Máximo Gedda”, cuenta Fénero y remata: “Como verás, donde yo estuve siempre primó la pluralidad; la convergencia es importante en la vida”.

Tiempo después, en Canal 9 apareció “Ventana Sindical”, un espacio diario, de lunes a viernes, de 5 minutos de duración. “Entrevistábamos a dirigentes sindicales, interventores y pasábamos alguna secuencia de la vida misma”, señala Fénero. “Por ejemplo, ya en el tiempo de la escasez, mostrábamos a una señora en Providencia o en Ñuñoa llena de paquetes y a un obrero haciendo cola, demostrando que esto era un chantaje político-económico”.

De esos 125 programas –realizados en vivo– no quedaron registros. “Duró hasta julio de 1973. Cuando Carlos Prats dijo que había que devolver el Canal 9, ahí, en ese momento, los más viejos vislumbrábamos el fin”, apunta el productor.

En paralelo, el Departamento seguiría produciendo: los cortos documentales “Aquí en Chuquicamata”, sobre los mineros del cobre; uno sobre la visita de Dean Reed, el cantante estadounidense de izquierda (“que partía con él quemando la bandera de EE.UU.”, acota Fénero); otro parecido sobre Angela Davis, activista negra de paso en Chile, dirigido por Iván Hernández, hijo del periodista Luis Hernández Parker; uno sobre la Asamblea Sindical Mundial (ver foto); otro sobre la visita a Lota de Fidel Castro; “Marcha por Vietnam”, dirigido por Rubén Soto, en colaboración con la Universidad Técnica del Estado (UTE); “¿Crees tú que yo pueda?”, dirigido por Luis Cornejo (“era un documental similar a ‘Un Verano Feliz’, claro que en vez de veranear, el obrero textil estudiaba”, complementa Fénero). Luego vendrían “Un Verano Feliz” y el único largometraje, “La Maldición de la Palabra”.

La Maldición

En 1972, José Soza tenía 28 años y se integraba al Grupo de Teatro de la CUT, junto a nombres como Miriam Palacios, Nelson Brodt, Adriano Castillo, José Secall y Jorge Gajardo. Fue director de “La maldición de la palabra”, obra de teatro escrita por un funcionario de INDAP llamado Manuel Garrido. Con el montaje recorrió buena parte del campo del centro y sur de Chile.

La obra llamaba a la sindicalización campesina. Contaba la historia de Aliro, un joven –interpretado por Soza– que cansado del maltrato del capataz de fundo y de su propio padre, un campesino esclavizado por el alcohol, se marcha a la ciudad. A su retorno, convertido en militante político, intenta convencer a su gente de la necesidad de sindicalizarse para enfrentar al terrateniente y construir una nueva vida para todos.

Cierto día, tras terminar una presentación, desde la CUT les avisaron que la obra de teatro sería una película. El debut de Soza y de varios de sus compañeros en el cine. Pedro Sándor, miembro del Departamento de Cine, se encargaría de la dirección y Carlos Fénero de la producción. La película contaba con la colaboración de la Confederación Campesina Ranquil y se rodaría en un fundo recuperado para los campesinos de la localidad de Rangue, en las cercanías de la laguna de Aculeo. La filmación se desarrolló en el verano de 1972, en paralelo a “Un Verano Feliz”. Algunos campesinos del lugar participaron como extras.

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Filmando la Asamblea Sindical Mundial, en 1972. De izquierda a derecha: Miguel Sándor (director), Carlos Fénero (con audífonos), Eustaquio Severino (camarógrafo), César Cárdenas (asistente) y Dantón Paniagua (iluminación).

La película se concluyó en Chilefilms y tenía fecha de estreno para la segunda quincena de septiembre de 1973. El Golpe abortó ese plan. A José Soza lo detuvo la FACH. Le encontraron un fotograma de la película que había guardado como recuerdo durante el doblaje. Días después sería enviado al Estadio Nacional. Fue torturado pero pudo salir libre. “Fue suficiente… Yo recién ahora puedo hablar de esa experiencia”, cuenta y los sentimientos le empañan los ojos. Sobre los años de “La maldición de la palabra”, reflexiona: “Cuando me invitaron al teatro de la CUT yo tenía recién esa base ideológica, nueva, frágil, romántica, entusiasmante, que fue cortada, como a todos, en 1973”.

El 11 de septiembre, Fénero y sus colaboradores se enteraron temprano de la intervención militar. Llegaron a la oficina y observaron los movimientos de las tropas alzadas. “Sacamos todo, hasta las máquinas de escribir. A las 11 de la mañana llegaron los milicos. Preguntaron qué funcionaba allí; dijimos que una productora. A mí no me pudieron vincular a la CUT porque tenía la chiva que había trabajado en el Ejército. Les decía que había entregado un ojo a la patria, a los milicos les encanta ese tono”, cuenta Fénero.

Tras las patadas, culatazos y amenazas de rigor, el grupo fue conducido con las manos en la nuca hasta la Alameda. Allí fueron testigos del bombardeo a La Moneda y del fin de una época.

Días después, los integrantes del Departamento intentaron sacar del país los materiales fílmicos que habían rescatado. Es aquí donde la historia se enreda. En palabras de Eugenio López y Carlos Fénero, Pedro Sándor, director de “La maldición de la palabra”, habría sido el encargado de hacer llegar estos materiales a la embajada sueca, cuestión que aparentemente nunca ocurrió. El paradero de los filmes, así como de la cámara y el grabador de audio, es a partir de ese momento desconocido. Hubo rupturas personales allí.

La última acción

Al final de la entrevista, Fénero me dice que quiere destacar el rol que tuvo para el Departamento el sindicalista Nicolás López. “Un personaje tan importante que, producido el golpe militar, siguió trabajando en el mundo sindical antes de que lo hicieran desaparecer”.

Nacido en Tocopilla, en una familia comunista, Nicolás López debió trabajar desde niño. Fue dirigente de la Confederación Minera. Luego pasó a la CUT. Tras el Golpe, estuvo detenido en el Estadio Nacional. Liberado en octubre de ese año, rechazó un ofrecimiento para salir del país y desarrolló resistencia en la estructura clandestina del PC. En eso estaba cuando en 1976 fue detenido por un comando de la DINA en un restorán del centro de Santiago. La operación fue dirigida por el agente Otto Trujillo, que había logrado infiltrarse en la red-en-las-sombras en que López se movía. En 2015, Trujillo fue condenado por la desaparición de López y otros militantes.

Un par de años antes de caer en desgracia, en las semanas previas al 1 de mayo de 1974, Nicolás López contactó a Fénero. “Maestro, ¿usted se atreve a hacer un acto heroico?”, le preguntó.

La acción era precisa. Ir al Cementerio General, en el Día del Trabajador, y poner una corona en la tumba de Luis Emilio Recabarren. Fénero aceptó. Armó un grupo de 6 personas. Planificaron. El día llegó. A las 11 de la mañana, se reunieron en la plazoleta fuera de la necrópolis. Lucían trajes y vestidos negros simulando que iban a un sepelio. Miembros de la DINA rondaban el barrio, sospechando alguna manifestación. Cuenta Fénero: “Compré en la Pérgola una corona de flores chica, un cojín como le llaman, y entré con una compañera del brazo por la puerta principal; yo el padre, ella la hija. Nos metimos por uno de los pasajes del cementerio. Llegamos a la tumba de Recabarren y depositamos la ofrenda floral. Atrás venían dos compañeros más y colocaron una tarjeta:

“El movimiento obrero chileno a su líder y creador Luis Emilio Recabarren”.

Prosigue: “Luego salimos a la plazoleta, nuevamente, por la puerta principal. Ahí estaba Gustavo Pueller, excelente fotógrafo, junto a un niño, su hijo. Hicimos como que lo invitábamos al funeral, con la mayor cara de deudos posible. Volvimos a entrar por la callejuela. Él sacó de su bolsillo la cámara, una chiquitita, y obturó varias veces. Regresamos a la plazoleta, nos abrazamos muy emocionados y nos despedimos”.

Pueller le entregaría la fotografía días después. De las manos de Fénero pasó a Nicolás López, quien la difundió entre las estructuras que se mantenían clandestinas y, especialmente, en el exilio. Era un modo de burlar lo inexpugnable de la dictadura. De decir, con una acción, que el Departamento de Cine de la CUT aún podía realizar sus producciones.

Fénero me muestra la foto de aquel día. “La historia hay que contarla”, dice.

*Imágenes de archivo: Gentileza Carlos Fénero

Fuente: The Clinic