Una breve historia del hampa iquiqueña

El legendario periodista de revista “Vea”, Ricardo Rojas, cuenta en un notable artículo escrito en 1949 que él presenció -quince años antes- asombrado cómo en el barrio El Colorado, y en las oficinas salitreras Humberstone y Victoria, delincuentes y “choros” se “peleaban la amistad”. Rojas escribe: “Los amigos ponían una mesa doble de cerveza o vino -el mueble cubierto de botellas amarradas con una piola y luego rellenada con todas las que cupieran en los huecos que quedaran entre una y otra, puestas boca abajo para que entraran más- en homenaje a la amistad. El lance era caballeresco, estableciéndose de antemano si se llevaba a cabo a simples bofetones que era propinados por las enormes manazas habituadas al uso de pesadas palas, picotas o machos (martillos) hasta de 50 libras de peso, o si se dirimía el asunto empuñado un puñal, aunque este tipo de arma poco se utilizaba por estimarlo denigrante. Si la pelea no terminaba con un muerto, al término de ella los rivales se daban abrazos y hasta besos y rodeados de amigos consumían el licor apostado. Afirman que después de eso encuentros las amistades se hacían indestructibles”.

Otros documentos nos hablan del “duelo pampino”, único en su género en el mundo. Retador y retado se paraban frente a una pala y una picota, sorteando en presencia de jueces y testigos cuál debía empuñar cada uno. Después se encaminaban codo a codo hasta una calichera (lugares de extracción de caliche). Nadie los acompañaba. Llegados al lugar, sin que se supiera hasta dónde se cumplía el ritual, entre ambos cavaban una fosa. Uno de ellos terminaba llenando el hoyo con el cadáver del otro y la tierra encima.

 

Reyes del hampa         

Iquique ha tenido dos conocidos contrabandistas y maleantes: el Loco Carlos y el Cabro Gutiérrez.

El primero era un conocido contrabandista del barrio La Puntilla, y sus negocios eran el carbón y los cigarros. Cuentan que se paseaba campante y muy bien vestido por las calles de Iquique, hasta que un rival lo apuñaló en Plaza Condell.

Sin embargo, el único iquiqueño que podría ostentar el título de “Rey del hampa” y “Amo del contrabando” es el Cabro Gutiérrez, alias de Manuel Jesús Gutiérrez Aracena. Nuestro hombre nació el 15 de octubre de 1900. Rastreando en archivos policiales, sabemos que medía un metro 73 centímetros y pesaba 92 kilos. Se inició en el delito en 1916. Su prontuario registra hasta el día 24 de junio de 1962, seis detenciones por hurto, 18 por robos, siete por homicidio, cinco por ponerse a la acción judicial enfrentando a la policía arma en mano, tres por asalto y lesiones, 29 por delitos menores, una por asalto y robo, y 16 por lesiones graves. Total, 85 aprehensiones. Sin duda, un hombre de temer.

El Cabro Gutiérrez operaba en toda la costa del Pacífico, desde Chile a Estados Unidos, en Centroamérica y en la costa sudamericana del Atlántico. En su niñez fue un rapazuelo del barrio El Morro, y a los cuarenta años había amasado una fortuna considerable. Su banda, en la que sobresalía su lugarteniente Manuel Valenzuela, Alias El Gallina, estaba compuesta por más de 300 hampones repartidos por todo Chile. En el exterior contaba con unos 200 que lo consideraban amo y señor. Incluso, según consta en el desaparecido diario El Tarapacá, se le conocía con el apodo del “Al Capone” del Pacífico. Poseía lanchas con casco metálico, artilladas con ametralladoras. Se cuenta que era gran nadador y pescador. Sus últimos años los vivió en una opulencia pocas veces vistas, y que sólo se vio disminuida por la declaración de Arica como Puerto Libre.

Gutiérrez murió el 24 de junio de 1962 en un extraño accidente automovilístico, de características que podrían involucrar a terceros. El coche se estrelló contra un monolito en una curva no muy pronunciada de la Carretera Panamericana. La viuda de nuestro Al Capone quedó con una fortuna considerable.

Sucedió a Gutiérrez en el dominio clandestino del litoral Manuel González Aguirre, alias el Matadero Tira, enemigo irreconciliable del muerto, que le mandó a asesinar a tres secuaces. Uno de ellos apodado el Chaco, ultimado en noviembre de 1948 a las 21 horas, en la puerta del Teatro Coliseo -en calle Thompson- , mientras una pareja de carabineros vigilaba una esquina y dos detectives presenciaban la película a menos de quince metros del sitios del suceso.

Según las revistas policiales de la época, nadie ha igualado su prestigio en el hampa, ni su ficha delictual y menos su envergadura como contrabandista.

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