Los changos: aquellos primeros nortinos

 

Si usted se dirige al sur de la ciudad, a las antiguas caletas que se desperdigan desordenadamente hacia más allá del rio Loa, inclusive, tendrá una idea más o menos acertada de cómo era el escenario donde vivían los camanchacos, camanchangos o simplemente changos: nuestros antepasados directos. En cualquier caso, la denominación chango o camanchaco sólo se utiliza para agrupar a los distintos pueblos costeros prehispánicos de Perú y Chile, que en muchos casos no tenían una historia, cultura, ni origen similar. Para algunos historiadores, la palabra “chango” parece ser quechua y es de uso genérico y significaría “pequeño” o “muchacho”.

Los nombres arriba citados, hacen referencia a una etnia que habitaba entre Camaná (Perú) y la región de Coquimbo en Chile. Se dedicaban a la pesca, actividad para la cual utilizaban balsas hechas con cueros de lobos marinos inflados. Se agrupaban en pequeñas familias y rendían culto a los muertos, a los que enterraban junto con sus herramientas. Las tribus habitaban la larga faja de la costa comprendida entre Camaná y Tongoy en las playas de La Quiaca, Boca del Río, La Yarada, Ite, Arica, Iquique, Tocopilla, Paposo y Taltal.

Vivían especialmente de pescado, mariscos y huevos de aves guaneras. También tenían relaciones comerciales con los asentamientos pre y post incaicos del interior, como los oasis de Pica y Guatacondo. Prueba de esto último son herramientas changas encontradas en cerros y localidades del interior, e instrumentos ayamaras en caletas. Los conquistadores españoles quedaron impresionados por su particular modo de vida, que consideraron primitivo. Debido a su condición de marinos, tenían el pelo decolorado a la vez que la piel rojiza, producto del consumo de sangre de lobo marino, que utilizaban como complemento ante la escasez de agua. La talla media de esta etnia en edad adulta era de 1,60 metros entre los varones y 1,45 metros entre las mujeres.

Conocido es el testimonio de fray Reginaldo de Lizárraga, quien escribió que al cazar un lobo de mar bebían su sangre y entre sus barbas quedaba parte de la misma, la cual se pudría. De resultas de esto, de acuerdo al religioso, su piel estaba perforada por los agujeros de los gusanos.

Afirma Lizárraga: “…en este trecho de tierra hay algunas caletillas con poca agua salobre, donde se han recogido y huido algunos indios pescadores, pobres y casi desnudos; los vestidos son de pieles de lobos marinos, y en muchas partes de esta costa beben sangre de estos lobos a falta de agua; no alcanzan un grano de maíz, no lo tienen; su comida sola es pescado y marisco. Llaman a estos indios camanchacas, porque los rostros y cueros de sus cuerpos se les han vuelto como una costra colorada, durísimos; dicen les previene de la sangre que beben de los lobos marinos, y por este color son conocidísimos”.

Diestros pescadores

Fabricaban sus propias canoas con dos cueros de lobo marino, cosidos con tripas secas de llamas, las uniones eran tapadas con sustancias impermeables, dejando en cada uno un pequeño agujero con una tripa para inflar los odres, según se necesitase. Una tabla d amplias proporciones se instalaba al medio, y remos de paletas completaban la embarcación.

Eran diestrísmos pescadores, conocían el empleo de la sal para hacer charqui de pescado o bolsas de pescado salado, que era parte de su moneda de trueque para conseguir frutas y licores de otros grupos étnicos que habitaban los valles como lupacas, coles, uros, atacameños, puquinas.

Como buenos nómadas, recorrían las orillas del mar en busca de sustento; vivían provisionalmente en tolderías de cueros de lobos o focas que les servían también para sus rústicas balsas movidas a remo de tallo de chañar; sus redes estaban hechas de algodón. Cuando pescaban, casi lo hacían desnudos, y así lo demuestran las litografías.

 

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