¿Mar para Bolivia? … ¡ Aquí y ahora!

El pasado 21 de febrero se conmemoraron los 100 años desde que se iniciara la batalla más sangrienta de la Primera Guerra Mundial, la carnicería de Verdún. Un siglo después, se vuelve a cumplir el rito del reencuentro, cuando los líderes de Francia y Alemania se reúnen año tras año en el memorial que recuerda a las más de 750 mil víctimas de la batalla. Un momento que simboliza el giro en las relaciones entre estos dos enemigos históricos, que entendieron que la colaboración, y no el enfrentamiento, era el camino para el desarrollo de sus pueblos. Al otro lado del mundo, los traumas de un conflicto en muchísima menor escala, tiene a Chile y Bolivia encastillados en sus más atávicos chovinismos, impidiendo a sus pueblos disfrutar los frutos de la integración. Si el problema es una salida al mar, ¡que sea aquí y ahora!

Tal como lo hicieron en Europa, la forma de enfrentar y resolver el conflicto Chile-Bolivia, no es reivindicando acciones pasadas, sino proyectando un desarrollo futuro. Y un requisito clave al respecto es re-semantizar el concepto “Soberanía”. La “soberanía” como la entienden y defienden los estados chileno y boliviano es absoluta, exclusiva, defensiva e impenetrable… una visión hija de la llamada “Paz de Westfalia”, allá en el lejano siglo XVII, que configuró entonces el sistema de Estados; ideas también muy lejanas a la hora de resolver los acuciantes problemas del siglo XXI. Es en ese período, que diera fin a la llamada “Guerra de los 30 años” entre las principales potencias monárquicas europeas, que se acuñó el principio de la “Integridad Territorial de los Estados”. Siglos después, esos mismos principios llevarían a la humanidad a las peores carnicerías de la historia, como lo fueron ambas conflagraciones mundiales.

El ejemplo europeo

La segunda postguerra trajo nuevas ideas al tablero internacional, entre ellas la de “Soberanía Compartida” y con ello, el planteamiento de que los Estados no estaban condenados a la competencia y la guerra para acrecentar sus capacidades, sino que en la colaboración se encontraba una llave mucho más eficaz y ciertamente,  menos cruenta, para avanzar hacia el desarrollo. Hoy, una maciza verdad viene a respaldar esas ideas: los países con mayores índices de Desarrollo Humano, calidad de vida, transparencia, etc., son precisamente aquellos que han construido relaciones de vecindad colaborativas, siendo la Unión Europea –con todos sus bemoles- el ejemplo más elocuente.

Un ejemplo que precisamente sólo fue posible a través de la reconciliación entre dos enemigos históricos: Alemania y Francia, lo cual quedó cristalizado en la primera de las Comunidades Europeas, la del “Carbón y del Acero”, acuerdo firmado en 1950. ¿Qué significó aquello?, compartir las riquezas de una región cuya disputa había provocado tres guerras. Después de todo, ¿qué es la integración sino delegación de facultades soberanas? Hoy Europa comparte soberanía en aspectos tan sensibles como justicia, fronteras, política monetaria o diplomacia y eso es precisamente lo que les permite proyectarse como un bloque de influencia global.

Chile y Bolivia deben aprender de esas experiencias. El conflicto de hoy, no deja de remitirnos a una situación similar vivida con el vecino peruano, cuando el país del Rimac demandó a Chile ante La Haya por un conflicto de límites. Dado que Chile no tiene otra alternativa que ganar todo para no perder, es decir, cualquier cambio va en desmedro de su posición, ¿no sería mejor buscar un acuerdo que nos saque del pantano de una negociación de “suma cero”? En el caso peruano, ¿no hubiera sido preferible a La Haya buscar una solución creativa que permitiera a ambas partes ganar?… ¿Qué tal si ambos países hubieran acordado que el área de disputa en la frontera marítima se constituyera en una zona de investigación científica y recuperación de biomasa marina, bajo un esquema de soberanía compartida?

La urgencia de la integración chileno-boliviana

Superar el conflicto Chile-Bolivia exige una mirada de futuro, no de pasado; así como un modelo propositivo sin fetiches ni tabúes. Lo cierto es que ambas cancillerías mantienen una posición de bloqueo que está mermando las posibilidades de desarrollo para nuestros pueblos. No es comprensible, por ejemplo, que Chile y Bolivia no puedan formar parte de un mismo mercado energético; lo que permitiría a Chile acceder a una fuente limpia y barata como el gas boliviano, mientras que a Bolivia le permitiría diversificar sus mercados, demasiado concentrados en Argentina y Brasil. No es posible tampoco, por ejemplo, que no podamos construir una alianza para la producción e industrialización del litio, considerando que ambos países tienen agendas productivas similares y que juntos, más Argentina, representan la mitad de las reservas mundiales. Esta posición permite a estos tres países hermanos, influir decisivamente en el precio y destino de dicho mineral estratégico. Y se podrían enumerar muchos más ejemplos.

¿Qué impide avanzar juntos en una agenda de desarrollo?, el seguir anclados en lógicas del siglo XVII, tras los traumas de una guerra del siglo XIX. Si el escollo es que Bolivia tenga una salida soberana al mar, ¡pues que la tenga!; y si no es posible en la frontera con Perú, que requiere de su consentimiento, ¡entonces que dicha salida sea por Tarapacá! ¿No es posible construir un espacio costero de soberanía compartida con nuestro país vecino, en el marco de un gran acuerdo de colaboración e integración?; y en términos más cercanos, ¿no es posible, por ejemplo, reflotar la vieja idea de un acuerdo de “Agua Salada por Agua Dulce” que permita un acceso soberano al mar a Bolivia y a Chile un acceso a los ingentes acuíferos bolivianos para regar las desérticas tierras del Norte Grande? ¡claro que es posible!, y no sólo eso, es necesario. En momentos en que los mercados de las materias primas viven una crisis terminal por la caída estructural de sus precios, América Latina se necesita mutuamente para dar un salto de diversificación y sofisticación productiva. Y en términos más globales, nos necesitamos para abrir las puertas del desarrollo, porque solos no podemos… una lección duramente aprendida por los europeos.

Hoy, cuando aún se siguen encontrando cuerpos destrozados del infierno de Verdún, adquiere mayor impacto esa imagen histórica, en ese gris mayo de 1984, cuando el entonces canciller alemán Helmut Khol, junto al presidente francés François Mitterrand, aparecen juntos, tomados de la mano, frente al monumento a las víctimas de la peor batalla de la I Guerra Mundial, monumento que acoge a los combatientes de ambos mandos, constituyéndose en un pétreo acto de reconciliación. Estos ejemplos, de creatividad, generosidad y audacia que nos muestra el mundo, nos empujan y esperanzan en cuanto a las posibilidades que existen entre los pueblos chileno y boliviano. El superar los resquemores, los chovinismos trasnochados y los principismos absurdos, en pos del reencuentro, no sólo es un loable anhelo, en una necesidad de nuestro tiempo.

 

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