Cristo doblemente lacerado

                          

El salvajismo rayano en la irracionalidad de los  grupos enmascarados, que en cada manifestación estudiantil se dedican a la destrucción de los bienes públicos, ha llegado a extremos inaceptables como el hecho de vejar y destruir un crucifijo, símbolo no sólo de los cristianos, sino también – como lo define el padre Felipe Berríos – como “algo realmente sagrado y que exige el respeto de todos” -. No basta con quedarse en el epifenómeno, sino que es necesario  adentrarse en el tipo de sociedad de donde surgen estos mismos encapuchados, por consiguiente, no basta con la promulgación de leyes represivas, más bien se requiere comprender cuál es la raíz de esta violencia insensata.

El padre Berríos, más adelante, enfoca bien el problema: “esos muchachos que vimos en las imágenes, destruyéndolo todo, no sólo poca imaginación para protestar, sino también que son hijos del mercado. No tienen ningún respeto por el resto de la gente y actúan en forma agresiva si no se les da todo lo que piden. Son jóvenes mimados por el consumo y ahora todos tenemos que soportar sus rabietas”.

En el siglo XIX Carlos Marx hablaba del lumpen proletariado, un sector de la clase menos favorecida que servía, objetivamente, a los ricos. Algo de esto hay en la actitud de estos jóvenes encapuchados, quienes utilizando la violencia y la destrucción terminan sirviendo los intereses de los poderosos, que lo único que han perseguido siempre es  que los explotados y humillados acepten su condición social sin protestar, es decir, una religión que sea el opio del pueblo. En el fondo, este lumpen logra que los medios de prensa escrita, radial y televisiva centren la noticia en la violencia y no en el verdadero sentido de las manifestaciones y su masividad.

La violencia, a través de la historia, ha sido una constante, y cuando existe una turba desbocada, las personas que la componen pierden todo límite ético, moral e intelectual al actuar como auténticos brutos. En la época del terror en Francia (1793-1794), solamente en París existían 36 personas guillotinadas por día, y para presenciar el “espectáculo”, en forma placentera a la muerte de su prójimo, había mujeres – llamadas las tejedoras – que seleccionaban los lugares principales de la Plaza de la Revolución – hoy de La Concordia -.

En mayo de 1931, en Madrid especialmente, se produjo la quema de iglesias por parte de grupos republicanos, sembrando la barbarie en la ciudad. Manuel Azaña decía que España había dejado  de ser católica. Por cierto que estas acciones violentistas tenían una explicación, pues la iglesia católica se había convertido en la gran defensora de los latifundistas y explotadores, defendiendo la España feudal.

Quizás, una explicación válida para entender desde el punto de vista social estos irracionales actos se da en el aporte de Emil Durkhein, en la concepción de la anomia que caracteriza a nuestra sociedad, dominada por el neoliberalismo y que carece de toda ética que no sea la idolatría de la propiedad privada y el enriquecimiento ilimitado.

La sociedad en general y los que se dicen cristianos, que non son más que fariseos, no tienen poca culpa en la generación de estos grupos violentistas y lumpescos: El escritor católico Georges Bernanos decía una gran verdad al referirse a los cristianos bien-pensantes que habían logrado con un programa tan profundo, como el evangelio, provocar el odio de las grandes masas.  Hoy, al Cristo en la Cruz lo han convertido en un guardián de la caja fuerte de los ricos, además de un moralista que fiscaliza y castiga las conductas de los humanos, en un juez severo – al estilo del Antiguo Testamento – que odia y condena a los hombres al infierno

La raíz de la violencia está en la injusticia y, sobre todo, en la desigualdad y, mientras siga existiendo y el mensaje cristiano esté secuestrado por los católicos “bien-pensantes”, el lumpen, disfrazado de encapuchados, seguirá haciendo de las suyas.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

12/06/2016

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