Los “nuevos boys” o la proyectualidad de un cambio de paradigma en la hegemonía

La elite chilena, una parte de su reproducción hegemónica, que es la que ha llevado las riendas a pesar de las embestidas de la izquierda, está configurando un margen virtuoso a escala generacional. Los “nuevos boys” políticos han sido estudiosos cuadros de las política social, de la teoría política, han aprendido del modelo alemán, y lo han consagrado como el paradigma de un reconocimiento que podría cambiar ejes de contenido sustancial.

Porque la noción de “capitalismo de Estado” es una noción distinta del Estado neoliberal a ultranza, como ejemplo único nacional para el mundo neoliberal, un neoliberalismo extremo, un neoliberalismo religioso como el de Chile, cuya extensión monetarista y vulnerable ha operado como una ordenación del capital por sobre todas las consideraciones políticas. Es una reducción de la política por el capital, es un reconocimiento del capital por sobre la sociedad, es una contractualidad licuada al máximum, donde el principio de construcción de la realidad es el lucro y el consumo.

¿Por qué hay una parte de la nueva derecha que plantea estas prerrogativas, que habla de Estado sin complejos, qué germen hay en esas denominaciones, qué entelequia está cifrada en ese código biopolítico?, pues nada más y nada menos que la inteligencia perspicaz de la hegemonía, su propia reproductibilidad, su sabía permanencia, su conciencia de los límites ajustables, y de su inquebrantable voluntad de poder, su conciencia de clase, como diría el maestro de las ciencias sociales, el inquebrantable Marx, quien vuelve siempre por la consistencia de su criticidad política.

Quién tiene más conciencia de clase, es la clase dominante, su conciencia de sí es intensa y siempre proyectual, su mirada de la vuelta de la esquina es una necesidad vital, y aquí hay una operación maquinica, una operación de los sabios.

La política comparada es una tecnología de arquetipos muy útil, ofrece un producto ideal, prototipos, modelos ideales diría Weber, y su exportación, su transnacionalización, actúa como el viejo adagio de “las cosas de afuera”, en eso nunca perdemos costumbre.

La visualización de un horizonte límite del neoliberalismo, es la conciencia del material particulado entrópico que genera un sistema desregulado, cuyos vicios a la larga pueden descomponer las propias legitimidades de las hegemonías, es decir, el reajuste siempre son costos menores, a las rupturas o a la aparición de adversarios potenciados, que se transformen en fuertes e impongan una guerra de posiciones.

Conducir un ajuste, y un cambio de eje por un capitalismo de Estado, implica reconocer los límites factuales del Estado neoliberal y su incapacidad de dar solución a problemas estructurales que impliquen transferencias significativas.

Aquí la fragmentación de lo local que está implícita en la imaginería neoliberal, se ve sindicada como un átomo de conflictividad que puede llegar a transformarse en una reacción que en algún punto encuentre una cadena de eventos, y eso abra una movilización de las energías a otra escala y se mueva el orden.

Y el orden jamás debe moverse, jamás hacia la izquierda, y esto es una cuestión epistémica de la política de la derecha, es la exterioridad constitutiva de la que habla Laclau, el “contrario” que hace su labor kafkianamente, con el esmero del que conduce las riendas del poder.

Efectivamente hay áreas donde el Estado debería asumir mayores responsabilidades en un diseño público-privado, con legalidad avanzada y diseños operativos eficientes, capaces de ser una articulación virtuosa, con responsabilidades públicas bien definidas.

No será un “capitalismo de Estado nacional desarrollista”, pues los ejes del mercado internacional son muy difíciles de romper, son una red circulante demasiado extendida por su marketing biopolítico.

Por eso los diseños colaborativos publico-privados con áreas de responsabilidad social definidas serán un modelo para adecuar un capitalismo a otro, con matices intermedios, pero con una marcada tendencia a otra valoración de lo social, y a una concepción más consciente políticamente de un Estado como pacto interclase.

Esto será la readecuación a espacios de negociación sociopolíticos que hoy no existen, se instalará el nicho de una polis acotada y controlada por el capital, pero la necesidad de una polis se instalará, porque a la larga los sujetos sin voz pueden ser más peligrosos, pues tienen una traducibilidad riesgosa, y una trazabilidad dispersa, sin identidad y eso se transforma en dificultades para el control.

Por sobre todo, porque la politización de la vida social construye una brecha insalvable con una sociedad política como subsistema del mercado, si bien la culturización neoliberal actúa como una microfísica muy estable, deconstruye todo relato, y su intento hermenéutico ahistórico y apolítico termina conflictuando el sentido del poder en la legitimidad del “buen pastor”, este “capitalismo bueno” debería solidificar algunas tecnologías asimétricas del Estado, dotarlas de un buen servicio, de una buena protección, de un capitalismo humano, lo cual es otra ficción superestructural, pues hay una ontología contradictoria en esa noción.

Esto abrirá espacios aún más amplios para una izquierda cuyos ejes de representatividad social estén bien consolidados, y su política sea de negociación y de pacto, de avances gradualistas. Tendrá que elevar su relato, pues su contrario no rehúye de lo que la derecha antigua rehuía, no tiene tapujos, no tiene frenos, habla de dictadura y de Estado social.

Las profundidades de dichas afirmaciones tendrán lunares epidérmicos dispares, pero tienen una estética política distinta, juegan al “buen amo”. Siempre hay que hacer la propia “contrarrevolución” antes que te la hagan, los anuncios del 2011 tenían mensajes que la elite captó, pero su condición histórica actual jamás le ha permitido enfrentar las respuestas sin la hermenéutica del neoliberalismo, cuyo margen conflictivo local en 2011 tiene dos hitos centrales, Hidroaysen y Magallanes, y actualmente Chiloé muestra el límite de las capacidades de un Estado neoliberal, y esa desaparición de la “patria potestad” al final termina dejando todo en el discurso supuestamente vacío de la técnica.

Y ahí la legitimidad ve la tecnología de sus límites, la erosión de un sentido en la propia dominación, como límites que al final provocan una negación, una exclusión, la ausencia de un reconocimiento.

Establecer un reconocimiento es la necesidad de establecer un diálogo, una dialógica habermasiana no solo desde el consenso de la raza política sino también del reconocimiento de los actores sociales, de su agenciamiento político, como espacio de nueva contractualidad, el agotamiento de los límites.

La carga de “conflictividad” laclauniana es un reconocimiento sobre la necesidad de crear los espacios sociopolíticos para la negociación de los actores sociales, y esta “conflictividad” se reduciría porque se definen los estándares de la cooperación como ejes del desarrollo.

Las generaciones son espacios de potenciación y recambio natural. La educación política ocupa un espacio estratégico en la lucha por la hegemonía, lo cual nos confirma el viejo adagio de que no hay praxis sin teoría.

Los “nuevos boys” de la derecha traen un potente discurso público, no lo rehúyen, que puede achicar espacios discursivos al centro político fuertemente. Un capitalismo de cooperación, un Estado empresarial que reconoce externalidades estatales con una gramática más pública.

La operación de que “todo cambie para que nada cambie”, nos pone en el relieve de que París siempre vale una misa. Y que las prerrogativas del poder siempre amplían alcances impensados, y las arquitecturas dependen en definitiva de la voluntad de poder.

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