Queremos tanto a Muhammad Alí

 

La historia épica de Muhammad Alí muestra la locura, el control y los castigos que han provocado ciertas figuras que provienen de la cultura masiva y su lucha por defender sus posiciones en el espacio público. Sujetos que habitan, mediante la administración desafiante de su fama, el riesgo y, más aun, las penalidades que tan bien ha propinado, en muchos casos, el sistema estadounidense a sus glorias insumisas.

Me parece importante recordar aquí –como tensión- a Elvis Presley, que abrió un espacio considerable para el mundo “blanco” al transitar el rock and roll, música que fue demasiado conflictiva, resistida y acusada de inmoral en la década del ’50 por parte de una sociedad conservadora y represiva. Elvis, el ídolo musical, hizo del cuerpo joven y sus movimientos pélvicos un signo que cautivó a su generación y que presagió una nueva cultura mucho más descentrada y frenética que las canciones “pacíficas” de los “gigantes” de su tiempo, como Crosby y Sinatra. Era evidente que esa música rockanrollera solo era tolerada cuando provenía del mundo afroamericano y por eso ocupaba un escenario lateral. Pero la irrupción de Elvis dotó al mundo “blanco” de una voz y de un movimiento corporal que se propagó en los mercados mundiales a la velocidad de un rayo.

Sin embargo, el sistema estaba allí, a la espera, para “normalizar” este fenómeno. El momento más dramático fue cuando la pelvis movediza y el jopo rebelde de Elvis se permutaron por el patriótico uniforme de los Estados Unidos y una nueva insulsa cabellera para cumplir lealmente con el servicio militar que marcó el inicio de su prematura y estruendosa caída. Un instante preciso: el momento en que el rockero más provocativo de su tiempo se convirtió en un correcto soldado, que más adelante iba a protagonizar una serie de bodrios cinematográficos, baladas insulsas y un prolongado espectáculo paródico de sí mismo en Las Vegas, hasta hoy el cementerio más rentable de artistas entregados a una deprimente repetición.

Murió en Memphis, murió joven y viejo a la vez. Vencido por un sistema al que no pudo o no quiso resistir. Murió degastado a los 42 años, pero a pesar de su caída, el mundo lloró a su ídolo “blanco” que legitimó los signos frenéticos que antes le pertenecían al espacio consignado para la música “negra”. El rebelde habitante del rock and roll quien, mediante su indudable talento, consiguió un escenario más internacional y uno de los más rentables en la historia de la música de su tiempo. Sin embargo, el patriotismo y la mirada conservadora derribaron al artista que había abierto una brecha para inscribir una nueva subjetividad y terminó  convertido  en un holograma de sí mismo.

Pero Muhammad Alí, a diferencia del cantante, desafió, convulsionó y se convulsionó a sí mismo en su tiempo más productivo. Su destreza boxeril fue también su sede discursiva. “Soy el mejor”,“soy el más hermoso”, declaraba a diestra y siniestra en los momentos en que se inscribía el lema “Black is beautiful” como restauración para una comunidad afroamericana sumergida en el estigma de inferioridad y desprecio con el que era categorizada. En las entrevistas televisivas insistía en desautorizar preguntas que, decía, atentaban contra su inteligencia cuando señalaba en cámara que el bajo nivel de las preguntas se debían a una suma de estereotipos racistas. De manera vehemente le exigía al entrevistador nuevos enfoques que le permitieran dar cuenta de su capacidad intelectual.

Por su adhesión al Islam cambió su nombre y abandonó para siempre el Cassius Clay que lo había coronado. Su amistad con Malcolm X lo volvió un signo reconocible en la lucha por cambiar la inmerecida condición de pobreza y abuso que recorría a la población afroamericana. Malcolm X, Martin Luther King o los Panteras Negras, más allá de sus diferencias, fueron asesinados a balazos en los escenarios públicos o en las cárceles, sin contemplación alguna, en escabrosos complots liderados por las prácticas de la CIA que no iban a dar la menor tregua para estos luchadores, que buscaban destruir las fobias raciales que aún caracterizan a parte (importante) de la población estadounidense.

Desde luego Alí, por su posición política, se iba a convertir en una víctima del sistema. Su negativa a participar como soldado en la guerra de Vietnam debido que se presentó como objetor de conciencia, le ocasionó un mediático juicio en su contra en 1967. De una manera que sigue resultando inconcebible, aunque sorteó una condena de prisión por varios años, le fue confiscado su pasaporte y no pudo salir del país por casi 4 años. También le retiraron su licencia como boxeador y le fue anulado su título de Campeón Mundial de peso pesado. Fue declarado desertor. Estas penas impidieron su práctica profesional, pues nadie se atrevió a desafiar estas ordenanzas por los excesivas costos ante cualquier iniciativa.

En esos años Muhammad Alí se volcó a dar charlas a los estudiantes en diversas universidades del país. Redobló sus esfuerzos discursivos y emancipatorios. Después de 10 años, por fin, consiguió recuperar su título mundial de boxeo y sus seguidores redoblaron su admiración. Pero más allá de su práctica específica, me parece que boxeó en un campeonato por la justicia racial, por la belleza de las diferencias, por la dignidad de decir que no. Por insistir -y con toda razón- en que los vietnamitas jamás le habían hecho absolutamente nada y que no iba a participar en una guerra demente. Porque, después de todo, el propio Estado americano fue su más feroz contrincante y lo realmente emocionante es que Alí, “el más grande” y “el más hermoso”, ganó finalmente la pelea.

fuente: El Desconcierto

por: Diamela Eltit, Escritora, académica UTEM, New York University.

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