La Tirana, donde florece un rosal

 

 

El tiempo ha ido deteriorando la estructura de la fiesta de La Tirana, por lo menos la que yo conocí desde cuando era niño, o sea hace 60 años. Esa inhóspita tierra de tamarugos, de tierra y de sol, esa precaria población habitacional, ese solitario ayllu casi perdido entre la arena y las espinas del tamarugal, era nuestro hito anual que esperábamos con ansiedad y devoción.

Llegar a la Tirana, era una aventura que se emprendía a pie, en burro, en carreta, en camiones, por caminos inventados para cada medio de transporte. Era un enterramiento permanente, mientras vivíamos esos tres días de bombos, cajas, trompetas, quenas y lakitas. Era un convivir en la casa de la “Chinita”, porque allí, en el templo también se pernoctaba. Por necesidad personal y para sentirse acogido en la casa de la madre.

Los peregrinos caminaban desde Pozo Almonte a campo traviesa hasta el pueblo tiraneño, teniendo como referencia solamente el manchón verde que muy lejos indicaba la presencia de los campos naturales, que siempre los dejaban pasar.

Además en plena fiesta, era un caserío de pololitas y pololitos, en un eterno paseo del templo a la Cruz del Calvario y de la Cruz del Calvario al Templo. Era un vivir en una extraña mezcla de devoción y aventura. Rodeado de sonidos ancestrales y colores diversos. Era una fiesta de la gente del pueblo, por lo menos allá nos veíamos todos iguales. De la gente de la pampa, de las quebradas y de la cordillera.

Los bailes religiosos, no vestían tan elegantes, pero siempre atrayentes, sus sones venían inspirados de los vientos de la pampa, de la cordillera y del mar. Sus mudanzas siempre representaban el equilibrio entre hombres y mujeres, solamente quebrado por la presencia de los Diablos Sueltos, que eran nuestro objetivo de asombro, temor y placer escondido.

El pueblo era además un punto de reunión familiar y de amistad, que la diáspora salitrera separó por muchas geografías, se reencontraban y se convivía con ellos por esos tres o cuatro días de permanencia. No existía la posibilidad del viaje del día. Todo era muy heroico.

Hoy todo aquello ha cambiado, la fiesta no es solamente para los devotos, los hijos de la madre tierra, de esta tierra nuestra de cada día, es también para los turistas, investigadores, estudiosos. Es siempre para las cofradías religiosas, que lamentablemente han perdido la potestad de la administración del protocolo de la ritualidad, pero han sumado ostentosos vestuarios y poderosas y numerosas bandas de bronces; cuarenta músicos a quienes hay que pagarles casi un millón de pesos per cápita, mientras dure la celebración.

Con suerte se puede ver y escuchar un baile acompañado por un grupo de músicos con instrumentos autóctonos; acordeón, lakas, caja, bombos y platillos, soplando a todo vapor al lado de  poderosos bandas de bronces. Sin temor a equivocarme creo que solamente lo hacen las Cuyacas (pastoras) de Iquique, que tradicionalmente los 16 de julio a mediodía, realizan el ritual del trenzado de la vara.

 

Poco a poco se ha ido olvidando el concepto ancestral, los orígenes, el indigenismo, el sincretismo de  Pachamama – Virgen del Carmen. Afortunadamente el clero ha reparado en ello, y no hace mucho, cinco o seis años, que ha incorporado en su extenso calendario oficial de eucaristías (misas) que preparan para la fiesta; una misa andina, donde los pueblos originarios rinden su homenaje a la madre, la madre tierra y la madre espiritual, con vestuario ancestral, con la tradicional pawa de bendición propia, conducida por sus yatires, conviviendo el momento con el sacerdote oficiante. Incluso el coro andino de San Lorenzo, Sisa Wara, que dirige Carlos Sarmiento, que siempre está presente en las celebraciones de los santos patronos de los pueblos del interior, cantan el Gloria en aymara;  “Gloria, Gloria Jesusaru, / Gloria Taqui chuymasanpi, / Gloria, Gloria Qhispiyiriru, / Gloria Gloria chuymasanpi…”. El compromiso del Sisa Wara es lograr cantar todos los cánticos de la misa del Mundo Andino en aymara.

Pero la fiesta es también para los comerciantes, no solamente los de la región, sino venidos desde todo el país, detrás de la plaza de La Tirana, hacia el oriente, se esconde todo un mundo comercial, un mall pavimentado y techado con mallas de rachel, dónde se puede encontrar y comprar lo que se le ocurra, porque hay de todo. Desde los tradicionales pululos hasta bebidas energéticas de cannabis.
Los que desde niños íbamos a disfrutar con los bailes, y a arrancar de los Diablos Sueltos, hoy con suerte podemos ver solo en algún horario del día, en ese espacio que las eucaristías de la iglesia han dejado libre para ellos. En los horarios principales los bailes no bailan, escuchan por alto parlantes las misas de turno, y descansan en la plaza para estar atento a su danza cuando desde arriba fuertemente golpee el sol.

La Fiesta de la Tirana, como tal, fue distinguida por el Consejo de Monumento Nacionales, como Patrimonio Cultural de la Región Tarapacá en el año 2010, valorando la riqueza intangible y la espiritualidad que ella produce; pero la fiesta cada vez se acerca más a Roma, a la Plaza San Pedro, al Vaticano, mañana cuando el clero logre la decisión papal de declarar el Santuario en Basílica, los bailes tendrán que danzar en el monte; entre los tamarugales, allí donde los 16 de julio de cada año florece y se marchita un rosal.

 

Guillermo Jorquera M.

Iquique 19 de Julio 2016

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