El origen de la corrupción en Chile

“[…] no obstante, su personalidad [la del individuo] es moldeada esencialmente por obra del tipo de existencia especial que le ha tocado en suerte, puesto que ya desde niño ha tenido que enfrentarlo a través del medio familiar, medio que expresa todas las características típicas de una sociedad o clase determinada”. La cita anterior pertenece a Erich Fromm, en particular, a su libro “El Miedo a la Libertad”. Ahí, Fromm aborda desde el psicoanálisis una realidad que Marx había descrito tiempo antes y que dice relación con el modo en que las condiciones materiales en las que a un individuo le toca desarrollar su vida – en especial, el sistema económico imperante en cada época – definen directamente su personalidad y conducta.

 

La razón por la que es importante analizar esta idea es la falta de profundidad con la que se está abordando la crisis política que vive Chile hoy. Salvo contadas excepciones, la mirada que se le da a los casos Penta y SQM es extremadamente superficial, posiblemente porque entienden los afectados e intelectuales afines a ellos que, para sus intereses, es poco rentable ir más allá. Por esto, es de vital importancia plantear la reflexión que sigue y qué mejor lugar y momento para hacerlo que en esta plataforma de discusión ciudadana en su quinto aniversario.

Hasta el momento, la corrupción es analizada como un agente exógeno al modelo chileno; una suerte de anomalía que apareció de la nada, que causa estragos, pero que puede derrotarse con leyes y consejos asesores. Asumir este enfoque implica negar o ignorar el componente estructural de la corrupción y evita que nos preguntemos acerca de su real origen, obteniendo así soluciones cortoplacistas que muy difícilmente atacarán al problema en su raíz.

Pero, ¿cuál es la raíz? Aquí hay básicamente dos visiones: La primera asume que el hombre es codicioso por naturaleza y, por lo tanto, la tendencia a la corrupción es normal y, en consecuencia, sólo es posible combatirla mediante incentivos y restricciones legales. La otra visión, a la que adhiere esta columna, es la de Fromm: el hombre no es codiciosos por naturaleza (existe larga evidencia sobre esto. El propio libro de Fromm citado al inicio da cuenta de aquello), sino que el contexto social lo ha moldeado de esta forma. En este caso, la raíz del problema de la corrupción en Chile estaría directamente ligada a nuestro modelo económico y las relaciones sociales que ha engendrado. En efecto, desde su imposición hace más de 40 años, el sistema económico nacional ha impactado en todas las esferas sociales posibles: consolidación de la desigualdad de clases y de la precariedad laboral, reducción del Estado, aumento del poder del empresariado en cuánto a la toma de decisiones a nivel nacional, mercantilización de la educación y otros derechos, etc. Todo esto ha ido forjando la personalidad de cada empresario, político, ciudadano, párroco o profesor chileno.

Los casos SQM y Penta evidencian la tesis anterior con absoluta claridad: Los controladores de Penta y el accionista mayoritario de SQM, Julio Ponce, hicieron sus fortunas gracias a las privatizaciones realizadas en dictadura, es decir, en plena instauración del neoliberalismo a la chilena. Pero este proceso requería de varios cambios para asegurarle sustentabilidad a la economía: se buscó un marco intelectual (Universidad Católica y, más actualmente, otras universidades privadas), un marco normativo (Constitución) y un marco cultural (se instaló como motor social la movilidad de clases y el individualismo). Todo lo anterior devino en desigualdad, concentración económica y en un inusitado poder para el empresariado. A tal nivel llegó dicho poder, que incluso alcanzó para adquirir medios de comunicación y financiar partidos, asegurando así, y con la venia de un Estado totalmente pasivo, que la mina de oro que “encontraron” hace 4 décadas no sufriera modificaciones sustanciales en el Congreso. La crisis de corrupción que algunos ven como una anomalía, entonces, tiene un carácter estructural ligado al sistema económico, es decir, tiene una explicación histórica; el hombre es, de hecho, producto de la historia y el contexto socioeconómico del Chile post-dictadura empuja naturalmente hacia la corrupción y la fusión entre los negocios y la política.

Entonces, ¿Los corruptos están exentos de responsabilidad debido a que el sistema los empujó a corromperse? Por supuesto que no. Lo anteriormente expuesto no tiene como finalidad ser una teoría para la redención de delincuentes de cuello y corbata, sino que, por el contrario, busca explicar los orígenes de la corrupción y sus causas materiales para así apuntar hacia soluciones reales. Por ahora es imposible, con las medidas actuales (consejos asesores, acuerdos nacionales y leyes poco ambiciosas), terminar con una conducta que se origina en la cuna, se refuerza durante la formación familiar y académica y se afianza en la vida profesional. Si queremos un Chile sin corrupción, insalvablemente tenemos que repensar nuestro modelo económico.

fuente: elquintopoder.cl | por: Álvaro Muñoz Ferrer

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