Las artimañas de la mafiocracia

El partido del orden – el duopolio, la plutocracia – sabe que, al final, terminará elegido el más pillo de todos los candidatos, el inefable Sebastián Piñera. Si por si acaso los  ciudadanos llegan a darse cuenta de que este prohombre es rey de la mezcla entre negocios y política, buscarán a otro similar al primero, también amado por los empresarios, Ricardo Lagos – en el fondo, da lo mismo el uno que el otro -.

La mafiocracia esta vez no la tienen todas consigo: como en 2009, están apareciendo candidatos que no están dispuestos a convertirse en mozos de los propietarios de la mafia política. En el pasado, la historia nos muestra la habilidad de la plutocracia para cooptar a los siúticos o a los criollos tribunos del pueblo, por ejemplo, a Arturo Alessandri lo transformaron de Lenin chileno a un caballero de tomo y lomo que, siendo masón, terminaba de sacristán para contar con el apoyo de los conservadores; al ultraizquierdista radical, Gabriel González Videla, lo convirtieron en anticomunista rabioso; a Eduardo Frei Montalva, de “revolucionario en libertad”, en obsecuente seguidor de los consejos  del director del diario El Mercurio.

Nada más fácil que conquistar a los mediócratas radicales – en épocas pasadas los llamaban siúticos – para convertirlos en caballeros de cuello y corbata y engominados y, además,  socios del Club de la Unión, que fueron apareciendo paulatinamente con abrigos de piel de camello y de la ojota, al zapato de marca.

En el año 2009, la Concertación de Partidos por la Democracia estaba confiada en seguir gobernando, y no quería asimilar la tremenda crisis política que tenía en su interior. Ricardo Lagos, el candidato y líder seguro, se negó a presentarse como candidato, pues los partidos de esa alianza política le  negaron elaborar la plantilla parlamentaria a su gusto, es decir, eliminar a los llamados diputados díscolos. José Miguel Insulza también se presentó como posible candidato, pero hizo el ridículo, pues solamente lo apoyaba Marcelo Contreras, del Mapu, y Camilo Escalona, que un principio lo apoyó, pues en ese entonces estaba enemistado con Lagos.

Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el único candidato que quedaba, se sometió a una primaria, caracterizada por el fraude más evidente: competiría con el candidato radical, José Antonio Gómez, en primera instancia, en dos regiones, O´Higgins y, posteriormente, en Antofagasta; si en la primera región, uno de los candidatos lograba determinado número de votos, no se realizaría primarias en la segunda región escogida. Como era de esperar, ganó Frei Ruiz-Tagle, pero quedó para la historia la serie de garabatos e insultos proferidos el Escalona en contra de Gómez, con micrófono abierto y todo.

La mafiocracia  tenía el triunfo de Frei en el bolsillo, pero irrumpió el candidato Marco Enríquez-Ominami, que empezó con un 0% de apoyo en las encuestas y llegó cerca del 23% hacia finales de octubre del mismo año, y todas lo  daban como ganador frente a Sebastián  Piñera, en la segunda vuelta. Nunca, desde el comienzo de la transición a la democracia, el duopolio había pasado tanto miedo a perder poder ante un novel candidato. Como resultado, subió Piñera y se hundió la Concertación. Lo más importante en este proceso es que surgió una fuerza política, capaz de poner en cuestión la estructura montada para continuar con el robo del botín del Estado, al amparo de la faramalla electoral.

En el año 2013, desgraciadamente, todas las fuerzas anti duopólicas se balcanizaron al dividirse en múltiples candidaturas, situación que hacía muy difícil hacer frente al fenómeno Bachelet, transformada ya en la Virgen del Carmen, Guadalupe, Juana de Arco, La Tirana o María Magdalena, posición que la colocaba, de seguro, en la presidencia y por segunda vez. Sin embargo, si sumamos los votos de todos  candidatos que no se identificaban con los partidos del duopolio, se alcanzaba, con holgura, un 30%.

En las últimas elecciones presidenciales la votación llegó, ni siquiera, a un 40% del padrón electoral: los abstencionistas fueron, en su mayoría jóvenes y pertenecientes a las comunas populares, es decir, que la Presidenta Bachelet fue elegida apenas con un 25% del universo electoral, compuesto por adultos mayores y comunas más adineradas.

Los integrantes de la  mafiocracia saben muy bien que la mayoría de los chilenos los desprecia y los rechaza, y es casi seguro de que como protesta, un alto porcentaje no concurra a votar en unas elecciones en que los candidatos son designados a dedo por los señores feudales, que sólo piden a sus súbditos que marquen una raya vertical en la papeleta, en favor de uno de sus mozos en el parlamento – lugar que sirve sólo para votar en favor del aumento de sus dietas y aprobar leyes que frieguen al pobre y marginado de la sociedad.

Poco importa que un diputado sea electo con el 9% del universo electoral en su respectico distrito – el caso del diputado Osvaldo Andrade, en la comuna de Puente Alto, una de las más pobladas del país – al fin y al cabo cuentan con la dieta, que puede consolar la pena de ser rechazado por el pueblo que, nuevamente, volverá a elegirlo.

Con la candidatura de Alejandro Guillier está ocurriendo algo similar que con la de Marco Enríquez-Ominami, en 2009: apenas la mafiocracia se dio cuenta de que constituía un peligro para sus intereses de clase, sacaron su artillería pesada, expresada en denuestos, minusvaloración, injurias y calumnias; el secretario general del Partido Socialista de entonces, Camilo  Escalona, se refería a Marco como “Marquito” para apocarlo; la hija de Piñera escudriñaba en diarios antiguos para acusarlo de anti patriota e italiano; otro, lo acusaba de haberse convertido en el “cura de Catapilco”, uno más, de marihuanero. Ahora, con Alejandro Guillier, empieza a ocurrir otro tanto: por ejemplo, Ignacio Walker, candidato del camino propio, de la Democracia Cristiana, y que, se seguro va a salir de último en las primarias – al igual que su camarada Orrego en 2009 – trata a Guillier de populista y demagogo; otros políticos opinan que es un flojo, pues tiene poca asistencia como senador y que se le conoce programa político alguno, como tampoco ideas originales, y así, el rosario suma y sigue.

Al parecer, el partido del orden no está tan seguro de elegir a alguno de sus tenores, sea Piñera o Lagos, y este nerviosismo los lleva a proponerse sacar de en medio a cualquiera que los ponga en peligro. Con Enríquez-Ominami lo han intentado por vía de formalización, una estrategia nueva de la derecha para eliminar por secretaría a sus rivales – en Brasil lo hicieron con Dilma Rousseff para colocar al pillo de Michel Temer  y, ahora, con Lula Da Silva -.

Es sospechoso, por ejemplo, que Sebastián Piñera ni siquiera haya sido citado por Fiscalía cuando ya están formalizados dos de sus ex ministros de gabinete, además  su jefe de campaña y un subsecretario, y que el máximo comprador de políticos, Julio Ponce Lerou, no ha sido convocado, ni siquiera, a prestar declaración. Como diría el poeta Vicente Huidobro, “la justicia siempre se inclina por el lado del queso”.

Rafael Luis Gumucio Rivas (EL Viejo)

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