Los Columpios de la Oficina Iris

Los juegos infantiles me llevan con nostalgia a la Pampa, muchos de ellos en las oficinas o pueblos salitreros, pero los que más recuerdo son los que conocí y en los que jugué en la atapa de mi niñez (8 años).

Mientras viví en la oficina Granja junto a mi familia, tenía que ir a la escuela de la Oficina Iris, y en algunas ocasiones, varias, nos arrancábamos para ir a jugar a los juegos; a balancearnos, columpiarnos. Me acuerdo de una amiguita, buenamoza, un poco mayor, morenita y de trenzas negras, a quien perseguía de juego en juego con lúdico interés.

Columpio, balancín y “montaña rusa”, de rústicos y firmes armazones de latón. El balanceo era en un grueso tablón, macizo y poderoso, los columpios de sólidos asientos de madera y firmes cadenas colgantes de un alto transversal de fierro; un encontronazo en pleno vuelo  con uno de ellos era aturdimiento seguro. Sin embargo siempre había alguien en el entorno para que eso no sucediera.

Diariamente íbamos a Iris, en un carrito tirado por una mula, que rodaba por líneas de ferrocarril, “carros de sangre” le llamaban, con capacidad para 10 o 15 personas; a su conductor, jinete del animal lo conocíamos con el apodo de “Puchin”. (Carros similares a los que corren a motor eléctrico, a veces, por el paseo Baquedano en Iquique), nunca he podido olvidar el sonido, que producía esta olvidada movilización. Era un ruido como naciendo de las profundidades del reseco costrón de la pampa.

A veces íbamos de compras, otras al peluquero con mis hermanos mayores, también al teatro (biógrafo) a ver películas mexicanas, o divertidos sainetes con sus inolvidables “variedades”; pero siempre, siempre había un tiempo para escaparse a jugar en los columpios.

El regreso de la escuela, de Iris a Granja, siempre era a pie, no había mucho  camino que recorrer, estimo que no más de un kilómetro, que se iluminaba con los delantales de mis compañeras de escuela. Junto con el caminar también había tiempo para jugar, fantasear y cargosear a las niñas, palomitas vestidas de blanco. Recuerdo con cierto pudor que una de ellas, para defenderse de mi acoso, me dio un manotazo, que me dejó con un ojo “en tinta” (morado) durante un tiempo corto, pero que mis hermanos mayores periódicamente me lo recuerdan.

Pero esa nostalgia se me hace añicos, cuando veo en Iquique, en sectores poblacionales, espacios sembrados, plantados, improvisados, con juegos infantiles de plástico, con extrañas y ajenas figuras a nuestra herencia patrimonial.

La consistencia de este material, lo más más probable es que sea pasajera y no logre crear ninguna imagen de recuerdo, ni de pertenencia… a diferencia de las improntas que nos dejaron las oficinas salitreras y los pueblos de la Pampa.

Es evidente que las nuevas generaciones reciben con agrado estos esfuerzos que hace la municipalidad por mejorar la calidad de vida de la gente del sector poblacional; sin embargo estos espacios debieran estar en las plazas o en lugares separados de los sectores habitacionales, o con una protección adecuada que impida el acceso nocturno del lumpen, de ruqueros, de drogadictos y alcohólicos, que finalmente logran que los mencionados juegos infantiles, también se conviertan en verdaderos aliados de los antisociales y en una preocupación permanente para el sector vecinal donde están enclavados.

Es cierto que la dirigencia vecinal está contenta y preocupada de mantener la limpieza y el orden en los juegos, sin embargo esta preocupación y cuidado, a falta de un cierre protector, no podrán mantenerla durante las 24 horas del día, sobre todo con los visitantes nocturnos que no son precisamente jóvenes padres con sus niños. Por otro lado los grafiteros ya empezaron a deleitarse, dejando sus crípticos mensajes, sobre el blanco entorno que en algunos sectores, los colindantes con las viviendas, pintaron los trabajadores municipales a horas de su inauguración.

Me cuentan algunos Guías Turísticos que las instalaciones de la Oficina Iris se conservan casi intactas, ojalá que aún estén los juegos infantiles, algún día iré a verlos para escaparme del extraño escenario que la IMI ha colocado a la vera de la “Casa Verde”, nuestra casa, sitio destinado, según información edilicia, justamente para área verde, pero hoy es sólo un espacio mal trabajado,con este agrupado montaje de todos los colores del carey, pero alejados de los matices de la wiphala y ajenos, muy ajenos a los salitrosos y oxidados colores de los juegos infantiles de la Pampa, y emotivamente a los columpios de la recordada y silente Oficina Iris.

Por : Guillermo Jorquera

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