Los nuevos actores y el curso de la política

Los nuevos sujetos son parte de una nueva subjetividad nacional que es muy interesante, porque está desprovista de varios prejuicios doctrinarios y está dispuesta a combinaciones que permitan mejorar cuestiones sustanciales del bienestar de los chilenos.

La crisis de la política es un fenómeno telúrico que hace mucho tiempo mostraba signos de aparición, desde las sentencias de Norbert Lechner sobre la despolitización de la “sociedad política” y la consecuente politización de la “sociedad civil”, que los escenarios han ido en franco deterioro de sus posibilidades.

La licuación de los relatos y la extrema jibarización de los partidos en sus direcciones han determinado lo que Moulián definió como la construcción (rizomática) de una democracia de elites, este diagnóstico fue aportado por varios autores, dando cuenta de su tradición de cambio desde arriba, que privilegia los factores institucionales y la iniciativa política central (Salazar y Pinto, 1999; Ibáñez, 2003). La distancia entre los partidos y la calle terminó por desencadenar una pérdida de sintonía fina y, a la larga, una distancia que se transforma en una nueva semántica de la transitología. El quiebre del binominal, si bien situó esperanzas, no terminó por dibujar otro mapa sociopolítico distinto.

La corrupción entró en los patios interiores y la sustentación del mito republicano perdió la solidez que permitía que las encuestas revalidaran viejas figuras de debajo de la alfombra de la Concertación. Esa operatividad semiótica perdió capacidad y el descrédito se instala como una biología social muy epidérmica.

La aparición de sujetos sociales colectivos reclamantes abrió otro escenario subjetivo, instalando la máxima gramsciana de la hegemonía de lo “civil”, que en definitiva es la constatación sociohistórica del espacio de la sociedad donde se disputarán los conflictos del futuro.

Lo del 2011 se pensó como una profunda inflexión prerrevolucionaria, el “manifiesto de historiadores” dotó de conciencia histórica a un sujeto que, de acuerdo a análisis posteriores, no tiene nada de revolucionario, sino más bien una conciencia ciudadana de malestares que busca soluciones a sus problemas, es un sujeto cliente/consumidor, su identidad está constituida fuera de los grandes relatos.

Pero es un sujeto distinto, cuyos rastros la izquierda no procesa ni entiende, porque su manía carente de reflexión lo sitúa en marcos interpretativos que ya no corren. Lo interpreta desde paradigmas que ya no son parte de una subjetividad construida en las incorporaciones masivas de los chilenos al consumo. La gente valora los accesos a los bienes de consumo, es parte de una promesa moderna, pero ve que esa incorporación adolece de muchas complejidades porque, por otro lado, cuando el mercado no opera lo que hay es vulnerabilidad y caída.

El sujeto de las multitudes de la AFP, ahora consagra y demuestra que un nuevo sujeto político se instaló por fuera de los partidos, perdidos en todas las sintonías y en su capacidad de adelantarse a los acontecimientos. De hecho, los partidos funcionan con resabios premodernos muy cercanos a los clanes, los jefes y las influencias, su construcción colectiva es una ficción, el colectivo es para justificar la chapa, los centros de mando están en otra parte, su base social está absolutamente desvinculada de cualquier posibilidad de influir. Si es que la tienen, porque ya algunos partidos son solo un reflejo de articulaciones en el poder, es decir, son solo fantasmas enquistados en las distribuciones del establishment.

La instalación de estos sujetos políticos nuevos llegó para quedarse, y es probable que si los partidos no hacen acuse de recibo terminen en esos viejos aparatos anacrónicos desprovistos de vínculos con la realidad.

El campo de la política será un espacio en disputa en los próximos tiempos, en que nuevos proyectos deberían provocar movilidades. Puede que aparezcan respuestas de los propios partidos con maquillajes juveniles y otras indumentarias, pero la sospecha fundamental de la calle es que se trata de otros que al final son los mismos.

Son los nuevos sujetos sociales los que abrirán la política, porque la vitalidad de la política dejó de estar en la “sociedad política”, y aquí el tradicionalismo analítico ya no puede resignificar los campos de la vida social como antes. La sociedad se transformó en un problema cuántico,  una fórmula difícil de resolver, el espacio y tiempo de la política derivó en la gran política de los bienestares sociales, y aquí las tesis movimientistas parecen imponerse con datos contundentes de realidad.

Esto debe mirarse con buenos ojos, porque la dialéctica de los acontecimientos cifraba hace mucho que el topo de la historia aparecería con un ropaje ciudadano, y así fue, el monstruo apareció y llegó para instalar un imaginario distinto, una subjetividad nacional que se transformó para buscar las soluciones que la política nacional no ha podido encontrar en más de dos décadas de la administración de un activo representativo que perdió toda credibilidad.

Los nuevos sujetos son parte de una nueva subjetividad nacional que es muy interesante, porque está desprovista de varios prejuicios doctrinarios y está dispuesta a combinaciones que permitan mejorar cuestiones sustanciales del bienestar de los chilenos.

Los políticos profesionales reclamaran su espacio y potestad, pero los fenómenos de la realidad avanzan independientemente de los enclaves. Llegó la era de la gran política, la era de una política construida desde la gente, donde ella quiere ser protagonista de los recursos históricos.

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