Reflexiones en torno al “11” … hablo desde lo vivido…

 

No hablo desde la teoría, ni desde los “cielos brumosos de la fantasía”. Hablo desde lo vivido, de lo que he llevado desde entonces en la piel y en el alma, de las duras experiencias asociadas a los compromisos y causas asumidas conscientemente; hablo desde las convicciones y los sueños en un mundo mejor que inspiraron mi accionar desde la adolescencia…y que, pese a todo, aún me inspiran en el día a día, para seguir trabajando y ayudando a construir ese mundo mejor, más humano y justo…

Hace ya 43 años, un aciago 11 de septiembre de 1973, siendo dirigente de la CUT y militante del MAPU, fui detenido, encarcelado, juzgado y condenado. Corrí la misma suerte de miles de compatriotas, hombres y mujeres, a lo largo y ancho de Chile. Con un poco más de suerte, es cierto, porque he vivido para escribirlo y contarlo, como lo hago hoy.

De ser un genuino representante de los trabajadores me transformé súbitamente en un hombre peligroso para la seguridad del Estado, al que había que castigar y menoscabar como ser humano.

Comparecí ante un mal llamado “Consejo de Guerra”, acusado de ejercer un cargo gremial y político que a esa fecha era legal y público; comparecí sin defensa jurídica alguna porque la sentencia estaba ya escrita y se podía leer con facilidad en los ojos despectivos y revanchistas de  aquel tribunal de mentirillas, conformado por civiles y uniformados…

Sí, civiles…los mismos que después alegaron, con rostros compungidos, no saber de atropellos y atrocidades sin nombre, de muertes, y de desaparecidos hasta el día de hoy…amnesia hábilmente esgrimida para tranquilizar conciencias desde la comodidad de las cuotas de  poder políticas y económicas a las que accedieron  con voracidad mientras el “trabajo sucio” corría por cuenta de los mismos conocidos de siempre…

Al recuperar mi libertad tres años después, me “recomendaron”  abandonar mi tierra nortina, por razones de seguridad dijeron, y debí autoexiliarme en la zona central de mi propio país.

El golpe militar cambió drásticamente nuestras vidas, y la de toda una generación de jóvenes con mucha mística y generosidad,  inspirados en el idealismo de pretender la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

Creo que cambió, también, nuestra manera de entender y percibir el ejercicio de la política. Fue como un crudo despertar desde los sueños y la ingenuidad  a una realidad cruel e implacable, en la que muchos de los nuestros quedaron en el camino, vidas segadas a balazos o torturas.

“Se sufre, pero se aprende”, dice un sabio refrán popular. Así debería ser. Las experiencias de vida, buenas y duras, deben asumirse y procesarse para intentar ser mejores en el trabajo y quehacer político, porque hasta en las mazmorras más oscuras de la dictadura el amor a la vida estuvo latiendo siempre, y sé de muchos que no se doblegaron ni siquiera frente a sus cobardes asesinos.

Mis respetos y admiración por siempre a esos hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas, partícipes de un proyecto de sociedad que, pese a quien le pese, históricamente tiene más vigencia que nunca.

Para que lo entiendan los retrógrados, los que de verdad miran al pasado y se aferran a ostentosos privilegios que son un insulto frente a tantas carencias de las mayorías, la propia subsistencia de la humanidad no tiene otra opción y reclama nuevas formas de organización política de la sociedad, sustentadas en la dignidad del ser humano, en la solidaridad y en la cooperación, en la participación plena y creativa de todos sus miembros, sin exclusiones ni discriminaciones…

En verdad, una nueva sociedad, hacia allá iremos, más temprano que tarde…

 

Por:  Julio Cámara Cortés

 

 

 

 

 

 

Compartir:

*

*

Arriba