El Teatro como instrumento de educación social en Chile

En 1842, en el mandato de Manuel Bulnes, se produce una “eclosión cultural”  o “renacimiento cultural chileno” en la que se desarrolló un ambiente literario sustentado en el estudio y difusión de los grandes autores europeos en boga en esos años.

Entre otros factores que facultaron esta apertura cultural fue el fomento a la educación, las letras y artes. Ese mismo año se creó la Universidad de Chile, cuyo rector fundador fue Andrés Bello.  De igual forma, se creó la Sociedad Literaria, en la cual se agrupó lo más distinguido de la juventud liberal de la sociedad: Francisco Bilbao, José Victorino Lastarria, Eusebio Lillo, Aníbal Pinto. Varios de ellos se convertirían más tarde en distinguidos representantes de la cultura y política nacional.

De manera paralela, ancló en Chile la literatura francesa e inglesa. Los jóvenes liberales, unidos a conjuntos de artesanos urbanos, dieron comienzo a lo que se conocería como la Sociedad de la Igualdad fundada por Santiago Arcos y Francisco Bilbao. Su meta era revalorar en Chile los ideales de las revoluciones liberales europeas. Ellos se convirtieron en los protagonistas del denominado

“48” chileno, en que intentaron derrocar al gobierno, siguiendo la senda armada de los movimientos antimonárquicos europeos.

En materia educacional, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX se profundizó y consolidó el concepto de Estado Docente, cuya filosofía descansaba en la hipótesis que existían compromisos culturales, cívicos y éticos de interés general, que debían ser impulsados desde el aparato público. Estas razones centró el debate nacional en temas relativos a  la libertad de enseñanza, creación del Estado Docente y el acceso de la mujer a la educación universitaria.

Un paso importante en lo educacional fue la creación de la Escuela Normal de Preceptores en 1842 y la de Preceptoras en 1854. Entre 1848 y 1850, se fundaron la Escuela de Bellas Artes y el Conservatorio de Música, respectivamente, con el fin de educar a través del arte a la sociedad.La creación de estos institutos de formación artística guarda relación con la idea de que el Estado pudiese utilizar el arte como instrumento educativo. Este concepto ya se había instalado en nuestro país desde el régimen colonial, por supuesto con distintos intereses hegemónicos. En esa etapa el teatro estaba constreñido al espacio de la iglesia y para los fines que la Corona española perseguía: cristianizar heroicamente el mundo, por conversión o por miedo. Rodríguez (1973), asevera:

La cultura fue entonces, un débil remedo de lo que acontecía en España o en los virreinatos de México y Perú. Transcurrían los años y muy pocas representaciones teatrales, casi improvisadas, surgían del interior de los colegios, dirigidos por religiosos, o en tablados armados de pronto en patios de gobernación o en plazas públicas. (7)Así pues, el teatro fue manipulado como un instrumento de evangelización, una forma de adoctrinamiento sutil de la iglesia católica.

Este teatro religioso se manifiesta mediante los autos sacramentales, piezas breves en un acto, que presentaban personajes simbólicos y abstractos en forma de alegoría (el bien el mal, el pecado, el hombre, Dios) Su intencionalidad era sobretodo tratar el tema religioso de la Eucaristía y el conflicto entre “el bien” y “el mal”, donde el primero terminaba siempre por imponerse al segundo, personificado éste por el demonio.

Los autos sacramentales tenían como principal escenario los atrios de las iglesias y gozaban de grandes producciones escenográficas y efectos especiales. Su implementación está relacionado con la contrarreforma religiosa (siglo diecisiete), debido que era el instrumento más efectivo para catequizar al pueblo en el dogma esencial del catolicismo.

A este respecto, Canepa  en su texto El Teatro en Chile (1966), nos comenta:

Corrientemente las manifestaciones teatrales se desarrollaban entablados o carretas y tenían lugar a la llegada a este reino de Chile de los gobernadores que nos enviaba el Rey de España, para lo cual se hacían grandes fiestas a las que concurrían la sociedad y el pueblo que, además, de presentarle sus saludos, lo agasajaban con lo más representativo del talento colonial (18)

El relato histórico nos demuestra que la iglesia vigilaba que los contenidos y los elencos teatrales cumplieran con ciertas formas morales imperantes. Tal es el caso que consideraba inmoral la participación de la mujer en los dramas. De acuerdo a esta normativa las obras eran representadas solamente por varones y cuando su reparto exigía la intervención de un personaje femenino, entonces era reemplazada por un soldado que estaba caracterizado con vestuarios femeninos y adoptaba la voz falsete, lo que hacía que el acto no fuese “inmoral”.  Luis Vítale en su artículoHistoria de la censura en Chile, nos explica:

En 1780, José Rubio solicitó al Gobernador de Chile, Agustín de Jáuregui, permiso para instalar una Casa de Comedias. El Gobernador consultó con el Obispo Manuel Alday, quién informó por escrito que “las comedias eran nocivas pues los Santos Padres y los Concilios las condenaban”, además de estimular el libertinaje de los actores. La nueva autoridad, Ambrosio de Benavides, renovó las censuras a tal punto que bajo su mandato, que duró hasta 1789, se prohibieron todas las manifestaciones teatrales. (2)

Es innegable que la iglesia en la vida cultural ejerció su dominio transversal en las instituciones educativas, el arte, las festividades religiosas, periódicos, expediciones científicas, la gastronomía, la literatura, la producción arquitectónica, la tradición de leyendas orales y una producción literaria basada en la crónica y en la poesía.

En paralelo con la estructura social, los virreinatos españoles en América tenían pocas instituciones educativas para el pueblo en general, pero establecieron desde muy temprano prestigiosas universidades para los españoles y los criollos, los futuros administradores. Sobre la base de las ideas expuestas, todas las normativas que vinieron de la iglesia consolidaron el régimen patriarcal originado con la colonización española.

El arte en general y el teatro en particular estaban direccionados para educar y satisfacer el gusto artístico de la aristocracia colonial, ignorando las raíces locales mediante la imposición de los patrones culturales de la metrópoli imperial.

Dentro de este mismo enfoque, Fray Camilo Henríquez en el Nº 31 de La Aurora, con fecha 10 de septiembre de 1812, escribió: “Yo considero al teatro únicamente como una escuela pública, y bajo este respecto es innegable que la musa dramática, es un gran instrumento en las manos de la política”. Con esa postura creó obras dramáticas que pusieron de manifiesto la subordinación del arte a la política y de la creación literaria a la utilidad pública, ideas que tienen su punto de partida en el pensamiento de Rousseau.

En 1817 Henríquez junto a un conjunto de intelectuales organizó La Sociedad del Buen Gusto de Teatro, cuya misión fue promover el mejoramiento de las presentaciones teatrales, procurando presentar trabajos originales, traduciendo los mejores textos europeos y adaptando las mejores selecciones de los antiguos, para asegurar que el teatro fuese una escuela de “buenas maneras, un vehículo de ilustración y un órgano político”

Otro aporte no menos interesante de Camilo Henríquez fue su dedicación especial a la educación. En noviembre de 1811 elaboró un plan de estudios con el objeto de organizar la enseñanza pública. Fue el primer esbozo de lo que sería el Instituto Nacional. Recordemos que en por esetiempo, la educación aún era monopolio de la Iglesia.

Durante la primera década, gobernantes e intelectuales, en su mayoría extranjeros[1], se encargaron de difundir el teatro, adquiriendo un nuevo carácter: laico, educativo y festivo. En el transcurso de estos años, los llamados próceres de la Patria le asignan una nueva misión al teatro: servir como un medio para formar en la ciudadanía una conciencia ligada fuertemente a valores nacionales y políticos. Sus escenarios principales fueron las grandes celebraciones nacionales, provocando un gran impacto en la población.

Siguiendo esta misma lógica, la burguesía naciente puso énfasis en la educación de la ciudadanía de acuerdo a sus propios fines. Con esta intención en 1860, tras la promulgación de la Ley de Instrucción Primaria, el Estado se transformó en el principal sostenedor de la educación. Esto significaba, en términos concretos, gratuidad de la enseñanza primaria y control de la actividad pedagógica por parte de la administración estatal.

En 1879, siendo ministro de educación Aníbal Pinto, se dictó la ley educacional que organizó la enseñanza secundaria y universitaria. Esta ley implicó gratuidad de la enseñanza secundaria y universitaria, así como la selección del profesorado, todo lo cual contribuyó a levantar el nivel cultural de la clase media que se formaba en los liceos públicos y en la universidad. Además, el Consejo Universitario se transformó en Superintendencia de la Enseñanza Superior.

En el gobierno de Domingo Santa María,  se estableció el decreto (1886) sobre escuelas talleres. Se fundaron nuevos liceos de enseñanza secundaria, como los de Tacna, Rengo, Ovalle e Iquique, y se reorganizó la Escuela de Artes y Oficios. En el gobierno de José Manuel Balmaceda, se fundó la Universidad Católica de Chile (1888), obra del arzobispo Mariano Casanova y del presbítero Joaquín Larraín Gandarillas. En 1889 se creó el Instituto Pedagógico, destinado a la formación de profesores secundarios. En ese mismo año, el ministro de Justicia e

Instrucción Pública, Julio Bañados Espinosa, decretó la implantación del sistema concéntrico de enseñanza. Este consistió en concentrar los ramos pertenecientes a un mismo orden de conocimientos, para que el estudio fuera secuenciado y sistemático desde primero a sexto año.

Al comparar estas evidencias, podemos comprender por qué y cómo el ideario liberal, a veces convenido por los gobiernos conservadores, concentró todas sus energías en la educación, pues juzgaba que el mejor camino para sacar al pueblo de la ignorancia era mediante una educación laica y científica. Si bien se hicieron grandes esfuerzos en ella, hay que conceder que amplios sectores populares no tuvieron acceso a la misma lo que  provocó que los cambios de comportamientos que se buscaban en la población no alcanzaran dar mejores frutos. A pesar de este problema, demos la razón que un sector importante de ciudadanos tuvieron la libertad para elegir qué leer, cómo actuar y en qué creer. Esta libertad de conciencia permitió que hacia mediados del siglo XIX el ideario liberal tomara impulso, llegando a ser mayoritario entre la elite social y cultural del país.

Igualmente, el carácter fundacional que tuvo la creación de los centros culturales nacionales permitió la formación de nuevas generaciones, quienes imbuidas por la cultura europea facilitaron la difusión de nuevas concepciones ideológicas, incluidas entre ellas las estéticas y poéticas teatrales. Complementariamente, un número significativo de intelectuales extranjeros residentes en el país hicieron lo suyo en la renovación ideológica que empezó a experimentar el ambiente nacional.

El slogan de la Revolución Francesa: “El teatro es una necesidad espiritual”, fue asumido por los diferentes dirigentes en la república independiente; pero cuando más se trabajó el concepto, desde el punto de vista social, fue con los precursores del teatro social desde comienzo del siglo XX.

Ahora bien, si se habla de educar por medio del teatro, lo primero que siempre han pensado las autoridades es en el repertorio o en el contenido de las obras que se representarán. Y el contenido tiene que ver con el trabajo dramatúrgico y con un estilo de actuación. Por esta razón los gobernantes acostumbraron a promulgar leyes y crearon juntas de censura para velar por el convencionalismo del teatro, lo cual significaba censurar las obras antes de su representación.

Al final, lo cierto es que el Estado jamás tuvo la fuerza y la presencia nacional y los instrumentos necesarios para hacer realidad esta premisa teórica de educar a través del teatro. Un tema que queda abierto para la discusión y debate.

Independiente de la visión del Estado, a lo largo de la historia los teatristas tuvieron sus propias ideas sobre la forma como el teatro debía educar, de acuerdo con sus umbrales ideológicos. Sin ir más lejos, en los primeros decenios del siglo XX cuando el director (quien era a su vez primer actor y empresario) establecía una nueva compañía dramática, convocaba a los jóvenes poetas (dramaturgos) a escribir obras con el objeto de fundar un teatro con pertinencia nacional que pudiera expresar al pueblo supuestos ideales de la cultura nacional con el fin de crear consensos entorno a ellos.

[1]Algunos de estos intelectuales prominentes fueron: Andrés Bello, Ramón Rengifo, Manuel de Salas, Juan Egaña, José Joaquín de Mora, Bernardo Vera y Pintado.

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Iván Vera-Pinto S.

El autor : Ivan Vera-Pinto Soto /Antropólogo Social, Magíster en Educación y Dramaturgo

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