La izquierda infantil y las presidenciales

 

 

 

 

Cuando hablo de la izquierda infantil, me refiero, específicamente, a esos candidatos de la centro izquierda, la izquierda de escritorio y de un cafecito como se les dice. Cuando uno proviene de una clase social y económica baja, con múltiples carencias y siempre ha estado consciente que esa parte del sistema ha sido fabricado por la derecha, no me imagino entregándole el voto a esos que se auto-designan de centro derecha.

Creo que habría que ser desclasado para hacer eso, para llegar a ese extremo y no es mi caso. Con el respeto que me merecen algunos profesionales de origen humilde que, por encontrar un trabajo y aumentar sus ingresos, se consideran, ahora, de derecha. Como si eso los transformara en un ser superior, o en una mejor persona. Lejos están de la realidad.

Lo digo, porque pareciera que ninguno de los candidatos con miras al sillón presidencial, es producto de una construcción social y ciudadana, sino que, más bien, parecen ser el resultado de una construcción comunicacional, mediática, donde los focos de las cámaras de televisión y las grabadoras son el motor que más les gusta. Llama la atención, este efecto, especialmente, cuando hay dueños de medios de comunicación que, además, son banqueros y propietarios de mineras, como por ejemplo Adrónico Luksic, que es dueño del Banco de Chile y de Canal 13, de radio emisoras como Oasis y Radio chilena, entre otras.

Frente a ese panorama, uno se puede preguntar, ¿cuándo se terminará la usura de los bancos?, ¿cuándo se cobrará el Royalty a las mineras? Sin embargo, estas interrogantes no son parte de los temas que a los presidenciables les quite el sueño, sencillamente, no están dentro de sus inquietudes, porque no les afecta su propio bolsillo y siempre es adecuado conservar buenas relaciones con la derecha. Eso, lo saben y lo tienen muy presente.

Los ciudadanos, ese hombre de a pie, que de verdad, a diferencia de Máximo Pacheco Matte, se sube y baja de El Metro todos los días para trasladarse a su trabajo, o para recorrer las calles en busca de una fuente laboral, o el campesino que siembra para el autoconsumo familiar debiera ubicarse en el centro del desarrollo político de los Estados.

No hemos podido estar en ese lugar, porque quienes dominan y controlan el Estado, son ese pequeño grupo económico que se lleva todo cuanto el país produce, con propiedad sobre los medios de producción y los medios de comunicación, con un grupo de políticos que le administra los negocios, sino es así, podrían explicarnos ¿dónde se van los excedentes o utilidades del Producto Interno Bruto nacional?, ¿en manos de quiénes están los miles de millones de pesos que aportan las forestales ubicadas en territorio Mapuche?, que es el 3.1% del PIB, equivalente a 2.7 billones de pesos anual, según INFOR. Lo que sí está claro es que no están en las manos de los habitantes de Arauco y de La Araucanía, ya que si así fuera, no habría pobreza.

En Chile, tenemos más del 40% del cobre explotable del planeta, lo que ubica a nuestro país dentro de las siete naciones más ricas del mundo. Sin embargo, paradojalmente, la administración del Estado nos hace ubicarnos dentro de los países más desiguales. En estas condiciones, es muy difícil creer en los políticos, especialmente, en los que ya han administrado el país, lo que se agrava con los hechos de financiamiento obscuro e irregular a algunos políticos y la corrupción, a estas alturas transversal en la derecha y en la izquierda.

El Estado es el Leviathan como decía Hobbs, que tiene como misión la salus populi (la salvación del pueblo), mediante la equidad y las leyes. El punto es que dicha misión no se cumple, hoy, porque el Estado no salva al pueblo, a menos que el pueblo sea Angelini y Matte, dueños de las forestales Arauco y Mininco. Sería el pueblo más privilegiado, subsidiado en un 75% por todos los chilenos mediante el DL Nº 701 y eximidos del pago de impuesto territorial desde el año 1974. Esos mismos beneficios nos gustaría ver hoy en los emprendedores más postergados y agobiados por el SII.

Así las cosas, se debe encausar ese objetivo que dice Hobbs, esa es la misión de los nuevos políticos. Los antiguos, ya nos han entregado el país en estas condiciones, por eso, hay que cambiarlos.

A propósito, recuerdo una frase de Georges Bernard, quien decía: “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos rápido…y, por las mismas razones”. No se puede seguir dejando el Estado en manos de aquellos que prefieren distribuir la pobreza y no distribuir las riquezas de Chile. La vía para ponerlo al servicio de los más necesitados e, históricamente, avasallados es la política, así lo intentó hacer Salvador Allende, a diferencia de algunos socialistas de hoy.

 

Ante este escenario algunos “iluminados” se niegan a participar en política, porque dicen ser revolucionarios y, para ello, hay que ser enemigo del Estado, nada más que la involución política hecha hombre. En efecto, la propia etimología de la palabra, del latín “revolutio” significa una vuelta, un cambio social y político fundamental en la estructura del poder. Los grandes desafíos para cambiar la política en Chile, chocan con la pequeñez de nuestros políticos, pero la esperanza en cambiarla sigue intacta, ésa es la revolución, la esperanza en acción, como decía García Linera, lo que no tiene nada que ver con violencia.

La izquierda infantil chilena no ha dado el ancho y piensa que para ser de izquierda, hay que volver al pasado y derrotar, definitivamente, al mercado, olvidándose que el mercado siempre ha existido. Entonces, lo que debemos hacer es controlarlo y ponerlo al servicio del bien común, de los pobres y no de los poderosos, como decía Rafael Correa. Esa izquierda es tan retrasada como esa derecha de kinder garden, que cree que el gasto público es el fracaso de la economía –Dinamarca con más del 50% del presupuesto en gasto común, es el país con mayores índices de felicidad y 4° en las IDH en el mundo-. Niger, el país con menos gasto público, es uno de los más pobre del mundo.

Si profundizamos el tema, debo reconocer que, al parecer, la peor izquierda de todas, es la izquierda hipócrita, que habla de Marx y su religión es el social mercado. Que habla de participación y sólo participan ellos y sus amigos, que hablan de democracia y sólo ellos imponen sus candidatos. Que hablan del pueblo y trabajan para los empresarios que financian sus campañas. Y se preguntan, ¿por qué la gente irresponsable no vota?, para que sepan, es porque no tienen por quién votar, porque no les creen a ustedes.

Si no salimos de ese debate miope y sesgado de la izquierda, seguiremos divididos y no veremos al verdadero enemigo, la derecha, que mantiene a la ciudadanía en pobreza y al pueblo Mapuche sin derechos territoriales, políticos y económicos.

La historia universal demuestra que la falta de unidad permitió el éxito de aquellos que han transformado al Estado en fábricas de pobres. Por ejemplo, Hitler fue posible, porque el partido socialista y el comunista se peleaban entre sí. Franco fue posible, porque el partido comunista, el socialista y el anarquista se pelearon entre sí. De unidad, nada, sólo competencia, ponerle el pie encima al otro.

No hablo de unión simplemente material o electoral, eso no cambia la correlación de fuerzas, hablo de un enfrentamiento por sobre todo ideológico para derrotar la herencia de la dictadura que puso la economía por sobre el bien común, y la política al servicio de la economía, el hombre entonces es un cliente no un ciudadano, el hombre al servicio de la economía y no la economía al servicio del hombre. Si el proyecto político no permita influir directamente en el epicentro del poder para cambiar esto, es más de lo mismo.

Ése es el desafío que debemos liderar en este siglo, poner el Estado al servicio de los más necesitados, los pobres y marginados, para alcanzar el socialismo del buen vivir, el kume mongen, como se dice en Mapuche. Considerando como dijo Pepe Mujica en ELPAP 2016: “Tenemos tendencia socialista, pero el socialismo no existe en ninguna parte del mundo. Tal vez en el único lugar del mundo donde existe o existió es en los pueblos aborígenes, que sabían que el venado que casaban no era del cazador, era de la tribu”.

Ya  no necesitamos a esos políticos que hablan de pobreza desde el salón de té, del Club de la Unión o de alguna fundación en Punta Arenas o en Inglaterra, ya no necesitamos intérpretes, ni garantes. Nadie puede decir mejor lo que nos pasa que nosotros mismos, que hablamos de la pobreza, porque venimos de ahí y sabemos que para los humildes todo es más difícil.

A pesar de ese obstáculo hemos llegado hasta aquí, porque nuestra voluntad ha sido mayor que nuestros adversarios más grandes, la pobreza y marginación política. Esa es la fuerza que quiero compartir, para que los que administran este sistema injusto no crean que somos ingenuos por ser de esa mayoría de origen humilde.

Los que llevamos más de 20 años escuchando promesas, mientras en el Congreso discuten el ajuste y aumento de sus dietas, la mayoría de los chilenos está trabajando o buscando trabajo, lidiando con la alta factura de la luz, una insuficiente cobertura y mala atención en la salud y una pensión asistencial que los hace vivir en banca rota. La gente llega a creer que la política no tiene nada que ver con ellos, porque se ve la política como un negocio y no una vocación y que lo que pasa por debate es poco más que entretenimiento.

Estamos convencidos que el origen, tu apellido o la cuna no pueden ser limitantes para hacer el trabajo que los políticos no han hecho. Terminar con la política de las migajas en que sólo algunos están sentados en la mesa del poder, cerrando la entrada a todos los que ellos dicen representar.

 

 

Por: Diego Ancalao, dirigente político Mapuche, profesor y escritor.

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