Patrimonio y Derechos Humanos

 

 

Mucho se ha escrito y reflexionado  sobre patrimonio y memoria, en cuanto a que el primero conlleva el acto de recordar, de ello  una de las críticas más recurrentes es cuando la remembranza se trata del relato de un grupo hegemónico que busca establecer qué se debe entender por memoria. Un relato que nos pide recordar todo aquello que legitima y establece como normal la existencia de estos grupos generalmente ligados al poder y a un relato de Estado o nación único.

Tarapacá está lleno de estos ejemplos,  se busca recordar el pasado como algo esplendoroso, se resaltan las grandes construcciones, las gestas heroicas, pero se omiten los sufrimientos, las desventuras y las luchas de  por ejemplo  quienes trabajaron en condiciones francamente deficitarias  para la riqueza de otros. Esta verdad es algo incómoda y para ello se crea un universo simbólico que utiliza el olvido como una acción de dominación.

El patrimonio es considerado un Derecho Humano, más que como historia como memoria, la que tiene su base en la construcción  colectiva. La memoria  es entonces es un todo de todos, un ejercicio constante.

Una forma de disputar el universo simbólico del poder ha sido el trabajo de distintas organizaciones de Derechos Humanos, en lo que respecta a declarar sitios de memoria, en especial de aquellos que fueron lugares de represión de los agentes del Estado durante la dictadura.

El trabajo que por décadas busca justicia pero que también declara un nunca más para todos, un nunca más del uso del Estado como aparato de represión hacia los suyos, hacia sus ciudadanos.

Los Sitios de Memoria nos otorgan el poder dar valor a otras voces contra el discurso de lo hegemónico, convertir la historia en el gran relato de todos, donde el patrimonio deja de ser un objeto vacío o uno de culto  con una sola  mirada, si no que en un espacio de interpretación  que nos permite la reflexión, se transformas también en espacio de encuentro, de dialogo, de esperanza  que tiene como afán buscar la justicia, establecer la verdad de las víctimas de violaciones a los Derechos Humanos y de permitir que cada generación que pase nunca olvide y lleve como una fe intrínseca defender la democracia y los derechos humanos.

Por: Milisa Ostojic Soto, directora del Consejo Regional de la Cultura y las Artes de Tarapacá.

Fotografía: La Izquierda Diario

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