Piñera, se vienen tiempos peores para Latinoamerica

Desde las orillas del Eufrates el general iraní Qasem Soleimani anunció la semana pasada la expulsión de los terroristas de la ciudad de Abu Kamal y la derrota del Estado Islámico (Daesh) en Siria. La victoria del Eje de la Resistencia en Siria e Irak es, por un lado, la derrota de Estados Unidos y de sus aliados en su principal Teatro de Operaciones Militares, y por otro, una evidencia clara de la pérdida de supremacía de la principal potencia mundial en el marco de la configuración de una nueva realidad multicéntrica y pluripolar.

 

Por cierto, este es un fracaso que se viene cosechando desde hace bastante tiempo y la derrota del proyecto de Medio Oriente Ampliado se ha sumado a la emergencia y consolidación en términos políticos, económicos, tecnológicos y militares de hegemones de alcance global o regional como China, Rusia, Irán y la India. Siendo precisamente este escenario el que ha exacerbado las tensiones y disputas al interior del establecimiento norteamericano; algo que en los últimos años de la era Obama se había expresado en la existencia de dos políticas exteriores paralelas y que, ahora, bajo la administración Trump, se ha desatado como un choque interno de fuerzas que rodean y empujan en una u otra dirección a un mandatario cuyas decisiones futuras presentan un alto grado de incertidumbre.

 

James Petras sostiene que han surgido cuatro grupos de poder que transcienden a los partidos políticos y que buscan hacerse con el control de la administración Trump: neoliberales, capitalistas nacionales, generales y élites empresariales. En el fondo, lo que está detrás de las disputas es el cómo hacer frente a este escenario de retroceso hegemónico. Así, mientras un polo sostiene adecuarse al nuevo escenario, repartiéndose áreas de influencia con las otras potencias y buscando mantener el predominio mediante el desarrollo económico nacional, el otro polo se rehúsa a ceder terreno y busca sostener la hegemonía absoluta de Estados Unidos por todos los medios, con un énfasis militarista, especialmente impidiendo el desarrollo de los rivales, reactualizando de esta forma la “doctrina Wolfowitz”.

 

Las marcas más visibles de esta disputa las hemos visto en los cambios en puestos clave de la administración Trump y en el golpe de Estado a la política exterior que significó la Countering America’s Adversaries Through Sanctions Act por parte de demócratas y republicanos, que impone sanciones a Irán, Corea del Norte y Rusia, limitando el margen de acción del presidente.

 

Ahora bien, a pesar de estas disputas y de las visiones en conflicto, hay objetivos estratégicos en los que es posible encontrar acuerdos o convergencias y uno de ellos es la necesidad de recobrar la iniciativa en América Latina y el Caribe. Recursos naturales, biodiversidad, agua, mercados, mano de obra, drogas, siguen siendo elementos codiciados por el establecimiento norteamericano más aun si estos están yendo a parar en manos de sus rivales. Es por esto que la propia estrategia del Comando Sur ha definido como prioridad el contrarrestar la presencia china, rusa e iraní y terminar con los bloques de integración regional, lo que implica acabar con los gobiernos progresistas y aquellos que muestren algún grado de autonomía respecto a la política exterior norteamericana.

 

La velocidad, forma y grado de violencia es lo que provoca ciertas diferencias, pero esto no ha impedido retomar la nunca cesada agresión sobre Cuba y Venezuela, las amenazas sobre Nicaragua, el apoyo a gobierno corruptos y/o ilegítimos como el de Cartes, Temer o Macri, el respaldo de pseudo-dictaduras como las de Honduras o Guatemala y la militarización del continente (con más de 70 bases militares de diverso tipo) que en estas semanas tiene a los marines instalados en la selva amazónica brasileña. Uno de los principales políticos del continente que ha estado a la cabeza del reclamo por una política imperialista más dura, haciendo suyos los lineamientos del Comando Sur, ha sido el candidato Sebastián Piñera.

 

La sola idea de una política distinta, enfocada, aunque fuese en el papel, hacia lo interno, irritó desde un comienzo a Piñera. “Ojalá (Trump) no siga por la ruta del proteccionismo, porque al final el libre comercio favorece a todos los países y para Chile es muy importante que el mercado americano siga siendo un mercado abierto para las exportaciones de nuestro país”,  dijo Piñera cuando Trump era aún candidato.

 

Luego de que Trump asumiera, Piñera cuestionó en Washington su postura frente al TPP. “Al salir del TPP Trump le ha dado a China una extraordinaria oportunidad de influir en Latinoamérica. (…) Nosotros los chilenos queremos comerciar con todo el mundo, pero una fuerte presencia política de China en Latinoamérica no es buena”. Es decir, el reclamo de Piñera, alineado con los sectores neoliberales y aquellos que promulgan la defensa de la hegemonía estadounidense a toda costa, es que si bien hay que defender el libre comercio, este comercio “libre” debe tener a Estados Unidos a la cabeza y controlando a su “patio trasero”.

 

En la visión de Piñera el escenario actual es propicio para un ofensiva de los gobiernos conservadores latinoamericanos ya que, en sus palabras, luego de la salida de Dilma en Brasil y de Cristina Fernández en Argentina, el único peligro en la región estaría en una posible victoria de López Obrador en México. En caso contrario, estarían todas las condiciones para el avance de la Alianza del Pacífico y el fin del gobierno chavista en Venezuela, del cual Piñera se ha mostrado como acérrimo enemigo.

 

Si revisamos lo que fue la política exterior de Piñera en su gobierno, esta siguió en términos generales la política pragmática y mercantilista del “regionalismo abierto” iniciado por la Dictadura. Sin embargo, hubieron dos elementos novedosos. Por un lado, la política de “cuerdas separadas” hacia el vecino Perú, que aparentemente mantenía separado lo referente al litigio marítimo en la Haya respecto a los negocios comerciales entre ambos países. Supimos después que siempre hubo una sola cuerda, que ataba a los negocios del propio Piñera y de sus socios con el resultado de litigio, tal como quedó demostrado con el Caso Exalmar. Por otro lado, el gobierno de Piñera se destacó por ser uno de los principales impulsores de la Alianza del Pacifico, como referente económico-político de los gobiernos neoliberales de la región en contraposición a los espacios de integración impulsados o con fuerte presencia de los gobiernos progresistas.

 

Ahora Piñera busca continuar y profundizar lo iniciado en su primer mandato, tal como queda reflejado en su programa. Si bien se pueden observar algunos matices respecto a su anterior programa de gobierno, como el énfasis en la India y Asia Pacífico en detrimento de la Unión Europea, el rol de Chile como mero proveedor de materias primas y perro guardián del neoliberalismo en el continente sigue vigente.

 

El énfasis que se le da a la Alianza del Pacífico, a partir de la armonía ideológica con los mandatarios de Perú y Argentina, nos habla de una nueva ofensiva en contra de los espacios de integración regional, algo que queda reafirmado con el apoyo que se le da al Secretario General de la OEA, Luis Almagro, peón de Estados Unidos en la agresión contra Venezuela. Las referencia a la integración física y la conectividad es una forma camuflada de hablar del IIRSA y del saqueo de nuestro continente por las grades potencias, algo que en el caso del TPP aparece con nombre y apellido sin ninguna vergüenza.

 

Especial atención hay que prestar a lo que se refiere al combate al supuesto terrorismo y al narcotráfico. Primero, por la relevancia que han adquirido ambas temáticas en la agenda pública, donde los medios de comunicación han jugado un papel central. Segundo, por la forma en que las ha trabajado el candidato de la derecha, prometiendo mano dura y hablando de sus hipótesis infundadas de financiamiento internacional al supuesto terrorismo en la Araucanía y de tráfico de armas para realizar atentados. Tercero, por las políticas que ha impulsado Macri al otro lado de la cordillera, que siguen la linea de la “Guerra contra las drogas” implementadas en Colombia (que Piñera conoce bastante bien), México o Centroamérica, las que han tenido como efectos reales y concretos un aumento del poder del narco, el aniquilamiento de movimientos sociales y el intervencionismo militar norteamericano. Considerando estos 4 elementos es que nuestra atención debe centrarse en posibles escenarios de militarización y presencia militar extranjera en cooperación con Perú y Argentina, lo que tendría nefastas repercusiones sociales y de perdida de la soberanía nacional, cerrando aun más – de paso – el cerco sobre el gobierno de Evo Morales.

 

Un gobierno de Piñera sería, en definitiva, acentuar la posición de Chile como un país periférico y dependiente, con un rol ofensivo hacia los gobiernos progresistas de la región y hacia todo aquello que se manifieste en contra del neoliberalismo y del libre comercio. Un gobierno que, ante las tensiones y contradicciones en el seno de la administración Trump, está predispuesto a tomar la batuta aliándose con sus sectores más reaccionarios.

 

Más allá de de todas las implicaciones en términos de políticas sociales y de los graves retrocesos que traería consigo un nuevo gobierno de la derecha, lo que está en juego en las próximas elecciones presidenciales en términos geopolíticos es si el establecimiento norteamericano contará nuevamente o no con un alfil-colonia en contra los pueblos que viven y resisten en su rebelde “Patio Trasero”. En que dirección iremos, es algo que se decidirá en las urnas…

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