“TRIUNFO” EN LA HAYA Y LA “LEY LONGUEIRA”… ¿QUÉ GANÓ REALMENTE CHILE?

 

Hoy todos parecen festejar el contundente “triunfo” de Chile en el Tribunal Internacional de La Haya, un fallo a través del cual se reafirma la tesis del Estado chileno, de que no tiene la obligación de negociar una salida soberana al mar para Bolivia. Junto con el Presidente Piñera, Andrónico Luksic y otros conspicuos de la élite política y económica chilena, no pocos “chilenos de a pie” festejaron. Desde más de alguna calle de Iquique y el resto del país, se logró escuchar algún “ce-ache-iiii…” sonaba como el triunfo del “nosotros” –los chilenos- frente a “ellos”, los bolivianos. Pero, al final de la parafernalia y los voladores de luces, la realidad se muestra tan gris y triste como antes del fallo: ni los pueblos de Chile, ni de Bolivia, ganaron nada… pero si perdieron una oportunidad de oro para generar un marco de cooperación y apoyo mutuo.

Ese mar que tan apasionadamente se defendió desde muchas casas de Chile, es un mar que hace rato dejó de ser chileno. Más allá de tener la posibilidad de bañarse en alguna playa, la realidad es que toda la inmensa riqueza pesquera del país se encuentra en poder de 7 familias oligarcas, que las recibieron en forma gratuita y prácticamente a perpetuidad, por una norma impulsada por otro miembro de la misma élite, el entonces ministro Longueira.

Ese mar que tan apasionadamente se defendió desde muchas casas de Chile, es un mar que hace rato dejó de ser chileno. Más allá de tener la posibilidad de bañarse en alguna playa, la realidad es que toda la inmensa riqueza pesquera del país se encuentra en poder de 7 familias oligarcas, que las recibieron en forma gratuita y prácticamente a perpetuidad, por una norma impulsada por otro miembro de la misma élite, el entonces ministro Longueira; durante la presidencia de otro miembro de ese exclusivo grupo, el presidente Piñera; durante su primera administración. Recordar que es ese mismo Piñera que negoció en La Haya la frontera marítima de Chile con Perú, mientras poseía una pesquera peruana, el famoso pero, nunca investigado, Caso Exalmar. Cómo no recordar los urgentes llamados del diputado Hugo Gutiérrez, junto a otros personeros, para que se revisaran los correos del hoy nuevamente presidente Piñera… nunca se hizo.

Pero volviendo al punto central, estamos ante una Ley Longueira no sólo escandalosa porque expoliaba riquezas de todos los chilenos, sino porque fue generada abiertamente a partir de las directrices de las propias empresas interesadas, las que compraron voluntades al propio ministro y a diversos parlamentarios, para lograr sus favores. Sólo recordar los casos de la diputada Marta Isasi, y los senadores Jaime Orpis y Fulvio Rossi,  sólo por mencionar a los parlamentarios regionales que votaron a favor de esta espúrea ley. Para ponerlo en perspectiva, cálculos moderados estimaban ya en 2012, que con lo que Chile perdía al regalar sus cuotas de pesca, se podría financiar educación y salud gratuita para todos.

Por si esto fuera poco, los peligros de entregar toda la biomasa a las grandes pesqueras de arrastre, para su posterior conversión en harina de pescado, está poniendo en serio riesgo la reproducción del propio recurso. Sólo basta recordar las protestas de hace unas semanas, por parte de los tripulantes de Corpesca,  por la extracción de la anchoveta en edad de desove. También se pone en riesgo la calidad de la canasta alimentaria de los chilenos. ¿Alguien se acuerda que hace una década el mercado de Iquique rebosaba de pescado barato y de calidad? Ahora muchos de nuestros niños deben conformarse con croquetas o vienesas. Ya lo saben nuestros propios pescadores artesanales, hoy en guerra contra esta ley, que en el caso de la Región de Tarapacá, permite a los buques factorías perforar hasta en la ¡milla!, perdiéndose las 5 millas históricas reservadas para la pesca artesanal.

La oportunidad perdida de la colaboración y el ejemplo europeo

Tal como lo hicieron en Europa, la forma de enfrentar y resolver el conflicto Chile-Bolivia, no es reivindicando acciones pasadas, sino proyectando un desarrollo futuro. Y un requisito clave al respecto es re-semantizar el concepto “Soberanía”. La “soberanía” como la entienden y defienden los estados chileno y boliviano es absoluta, exclusiva, defensiva e impenetrable… una visión hija de la llamada “Paz de Westfalia”, allá en el lejano siglo XVII, que configuró entonces el sistema de Estados; ideas también muy lejanas a la hora de resolver los acuciantes problemas del siglo XXI.

La segunda postguerra trajo nuevas ideas al tablero internacional, entre ellas la de “Soberanía Compartida” y con ello, el planteamiento de que los Estados no estaban condenados a la competencia y la guerra para acrecentar sus capacidades, sino que en la colaboración se encontraba una llave mucho más eficaz y ciertamente,  menos cruenta, para avanzar hacia el desarrollo. Hoy, una maciza verdad viene a respaldar esas ideas: los países con mayores índices de Desarrollo Humano, calidad de vida, transparencia, etc., son precisamente aquellos que han construido relaciones de vecindad colaborativas, siendo la Unión Europea –con todos sus bemoles- el ejemplo más elocuente.

Superar el conflicto Chile-Bolivia exige una mirada de futuro. No es comprensible que Chile y Bolivia no puedan formar parte de un mismo mercado energético; como tampoco, que no podamos construir una alianza para la producción e industrialización del litio, considerando que ambos países tienen agendas productivas similares y que juntos, más Argentina, representan tres cuartas partes de las reservas mundiales.

Un ejemplo que precisamente sólo fue posible a través de la reconciliación entre dos enemigos históricos: Alemania y Francia, lo cual quedó cristalizado en la primera de las Comunidades Europeas, la del “Carbón y del Acero”, acuerdo firmado en 1950. ¿Qué significó aquello?, compartir las riquezas de una región cuya disputa había provocado tres guerras. Después de todo, ¿qué es la integración sino delegación de facultades soberanas? Hoy Europa comparte soberanía en aspectos tan sensibles como justicia, fronteras, política monetaria o diplomacia y eso es precisamente lo que les permite proyectarse como un bloque de influencia global.

Superar el conflicto Chile-Bolivia exige una mirada de futuro, no de pasado; así como un modelo propositivo sin fetiches ni tabúes. Lo cierto es que ambas cancillerías mantienen una posición de bloqueo que está mermando las posibilidades de desarrollo para nuestros pueblos. No es comprensible, por ejemplo, que Chile y Bolivia no puedan formar parte de un mismo mercado energético; lo que permitiría a Chile acceder a una fuente limpia y barata como el gas boliviano, mientras que a Bolivia le permitiría diversificar sus mercados, demasiado concentrados en Argentina y Brasil. No es posible tampoco, por ejemplo, que no podamos construir una alianza para la producción e industrialización del litio, considerando que ambos países tienen agendas productivas similares y que juntos, más Argentina, representan tres cuartas partes de las reservas mundiales. Esta posición permite a estos tres países hermanos, influir decisivamente en el precio y destino de dicho mineral estratégico. Y se podrían enumerar muchos más ejemplos. Llegó el momento de salir de la caja en la que nos tienen metidas las élites y mirar el marco desde los intereses de los pueblos.

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