MUERTE EN ESCUELA DE CABALLERÍA BLINDADA IQUIQUE: LA URGENCIA DE MÁS Y MEJOR CONTROL CIVIL

El pasado sábado 16 de marzo, Iquique se tiñó de luto con una noticia que aún no termina de sorprender y escandalizar: un soldado conscripto abatió a tiros un cabo y un sargento, sus directos superiores jerárquicos, para luego suicidarse. Prontamente se conoció la versión de la familia del conscripto, como asimismo comenzaron a difundirse videos, que daban cuenta de acosos y agresiones permanentes que habría sufrido este joven de 18 años y que habría gatillado su fatal decisión. Más aún, luego se conoció que el conscripto había estado hospitalizado por depresión y que había solicitado su licenciamiento de la institución por dicho motivo, lo cual le fue negado.

Todo indica que estamos ante una tragedia anunciada. El joven conscripto era una bomba de tiempo, que el Ejército no quiso o no pudo ver; y el detonante fueron prácticas denigrantes o violentas que la institución tampoco pudo o quiso erradicar. Como el Pacogate; el uso de los Fondos Reservados para uso personal de los comandantes en Jefe del Ejército; el fastuoso cambio de mando en la Fach… o más trágicamente aún, la adulteración de pruebas y testimonios en la llamada “Operación Huracán”; o el asesinado de Camilo Catrillanca, todo nos lleva a un mismo monstruo con distintas cabezas: la Hidra de instituciones armadas que viven como un Estado dentro del Estado.

Es tiempo de tomar el toro por las astas: ningún estado democrático puede desarrollarse a plenitud, sin que el poder civil ejerza un efectivo control civil, sobre el poder militar. Tanto los lineamientos estratégicos –como las políticas de seguridad pública o las hipótesis de conflictos externos- deben ser definidos por el Estado, como asimismo ese Estado debe contar con claros mecanismos de control para quienes poseen el monopolio en el uso de la fuerza. En otras palabras, tanto la política en materia militar o policial, como los mecanismos para asegurarse que esa política se lleva adecuadamente a cabo, deben responder a resortes civiles. Si eso hubiese sido  así, no presenciaríamos muertes como las del sábado, asesinatos como los vividos en la Araucanía, o los desfalcos con que cada mes nos sorprenden los institutos armados. Llegó el momento de que uno de los peores legados de la dictadura de Pinochet -como es la supremacía o autonomía de los militares en democracia- sea de una vez por todas  tirado al tacho de la historia.

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